sábado, 15 de enero de 2022

ILUSTRE CENTENARIO

TODO POR NADA… Y LOS ALMADA
Roberto Villarreal Sepúlveda.

La reciente celebración (7 de enero de 2022) del centenario de Mario Almada, actor intuitivo, protagonista de cientos de películas y videohomes, fenómeno popular de los años sesenta y setenta para continuar por siempre, hasta poco antes de su muerte, me lleva a rendirle tributo. Todo por nada pertenece a los momentos de cambio de la industria nacional y es una de las películas más icónicas y representativas de los Almada, además de su presentación oficial en el cine...

         Cuando se estrenó Todo por nada resultó ser una sorpresa por el inmediato éxito de público. La película permaneció en las salas por varias semanas, repitiéndose el éxito a niveles nacionales y en los mercados internacionales que todavía tenía el cine mexicano. Lo que nos entusiasmó a quienes la vimos en su primera corrida, era que tenía un tono distinto al cine “de caballitos” que había proliferado dentro de la evolución del género de comedia y drama rancheros desde mitad de los años cincuenta hasta ese casi final de la década siguiente. Era una atmósfera más cosmopolita que la acercaba al estilo que el cine europeo había establecido en su imitación del llamado western norteamericano y que por esos años alcanzaría su pináculo con las cintas de Sergio Leone, sobre todo El bueno, el malo y el feo, junto con otros dos títulos previos que conformaron la trilogía de este director con Clint Eastwood. Aparte de un reparto con actores populares dentro del cine nacional (Eric del Castillo, Narciso Busquets, Pedro Armendáriz Jr. o Sergio Bustamante, entre otros), Todo por nada tenía como protagonistas estelares a dos actores incipientes que también habían sido productores y guionistas: Mario y Fernando Almada, quienes también interpretaban los papeles de hermanos en la ficción (el guion está firmado por el seudónimo Ferma Otero, que en realidad es la unión de las primeras letras de sus nombres junto con el apellido materno). Ambas estrellas tuvieron el suficiente carisma para impactar a un público mayoritario y, a partir de esta película, tornarse en íconos del cine nacional.


         Fernando Almada había convencido a su hermano Mario, luego del cierre de su prestigioso club nocturno El Señorial (que había sido propiedad de su padre), situado en la zona rosa de la capital, que invirtieran en el cine. Mario estaba por regresarse a su natal Sonora (donde había nacido en Huatabampo, en 1922) para volver a empezar como agricultor, su anterior actividad. Así surgió Nido de águilas (1963) que marcó el debut de Fernando como actor. Dos años más tarde fue Los jinetes de la bruja (1965), donde un accidente impidió que el actor Bruno Rey pudiera participar por lo que le pidieron a Mario Almada que interpretara ese papel. Sin mayor experiencia, pero con entusiasmo, fue el inicio de una carrera prodigiosa y prolífica (algo menos de 400 títulos) que se alargaría hasta su muerte en 2016. Fernando Almada, por su parte, nacido en 1929 y menos rudo de facciones que Mario, había tenido más actividad como actor de cine. Había intervenido, luego de Nido de águilas, en varias cintas del director Alberto Mariscal (1926 – 2010) quien vendría a ser el realizador de Todo por nada, la película cumbre de sus producciones y el lanzamiento oficial a la fama. Mario Almada se ganó la Diosa de Plata como actor revelación.


         Todo por nada narra la historia de una venganza. Mientras los hermanos Mario y Fernando se encuentran lejos del rancho donde viven sus padres y sus hermanos menores, una quinceañera y un niño, llegan el bandido Alberto (Narciso Busquets) junto con su banda de criminales, Johnny (Sergio Bustamante), Pedro (Pedro Armendáriz Jr.) y Bruno (Bruno Rey), que venían huyendo luego de haber asesinado al justiciero Lucero (Jorge Russek). Matan a toda la familia, pero antes Johnny viola a la jovencita. Pedro, por su parte, primero aterroriza y luego acaba con el pequeño quien deja un retrato hablado del violador. Al llegar los hermanos y encontrar la masacre, deciden ir en busca de los asesinos. Su largo trecho para alcanzarlos tiene una parada, donde Mario mata a Johnny. Luego, un enfrentamiento donde quedan sin sus caballos que los obliga a continuar, a pie, por desierto y mar, además de un enfrentamiento con indios, hasta que llegan a la casa de un anciano (Chano Urueta) y su nieta (Irma Lozano). Ahí se recuperan, se enteran del lugar donde los asesinos tienen como jefe al cacique Mendoza (Eric del Castillo) cuya ambición es lo que ha propiciado el desorden del pueblo y las muertes arbitrarias de muchos hombres. En un encuentro final todos mueren, hasta Mario, siendo Fernando el único que sobrevive y retorna, ya solitario, a su rancho.


         La cinta no tiene gran originalidad. Es una trama donde la muerte del ser querido mueve a sus deudos a buscar alguna retribución. En cierto momento de la película se discute la ambigüedad de la situación: la fina distancia entre justicia y venganza. Los hermanos han sido hombres de bien toda su vida, acorde con las enseñanzas familiares, que han aprendido disciplinas orientales en busca de una paz interior (tienen a un colaborador japonés que ha enseñado karate a Fernando). La rabia que les produce el descubrimiento de la infamia cometida por los criminales (ya que habían pagado con muerte la buena atención de sus huéspedes) hace que inicien su búsqueda. El primer encuentro ocurre en una cantina donde Johnny molesta a la mesera (Penélope) y al solicitarle que la deje en paz, comienza la violencia. Aunque Mario logra ajusticiar a Johnnie dándole latigazos y finalmente ahogándolo con el mismo instrumento, los otros tres tipos escapan. Un segundo encuentro hace que los criminales puedan matar a los caballos de los hermanos, dejándolos sin más alternativa que cruzar el desierto, con el impulso interno que los mueve, a pesar del cansancio y la deshidratación. No obstante, llegan al mar. Y ahí es donde tienen su enfrentamiento con indios nativos que los atacan y a los cuales logran derrotar, matándolos. Aquí es donde Fernando se desespera y le expresa a su hermano que se han convertido en asesinos, igual que aquellos a quienes persiguen. Mario le da una bofetada porque no es lo mismo defenderse que matar por placer.


         La llegada de los hermanos al rancho del anciano, al cual se ha visto previamente enfrentar las amenazas de los criminales que quieren que les deje su propiedad, por órdenes del cacique que es su patrón (con el consecuente incendio de su cosecha), hace que revivan los recuerdos de su nieta, viuda por ese mismo sujeto, deseosa de abandonar el lugar, a lo cual se niega su abuelo. En una plática con Mario, es donde surge la dialéctica entre venganza y justicia. Ella es la que le hace ver que, al final de cuentas, es dar “todo por nada”, ya que las cosas siguen igual, pero han ocurrido pérdidas inútiles, como fue la muerte de su esposo. Nada de esto hará claudicar a los hermanos quienes, acompañados por el anciano, llegan al pueblo para desafiar a los asesinos y, de paso, acabar con el cacique perpetrador de la corrupción del lugar. Ante la reiteración de la nieta, quien llega de pronto y observa la desolación que le rodea, de que al final de cuentas fue todo por nada, su abuelo le corrige que se ganó la libertad del pueblo que podrá volver a tener paz.


         Esto es lo que le da una dimensión moral a la película, como toda cinta que cumpla con las convenciones del género, ya que finalmente, partiendo de una rabia interna y personal, se alcanza un bien común. Se ha cumplido con la exterminación del ser salvaje (no debe olvidarse que se está hablando de tierras todavía salvajes, como lo demuestra la presencia de nativos o la falta de leyes establecidas). Los personajes protagónicos son personas esencialmente rectas que actúan de acuerdo con las motivaciones alejadas de su voluntad y que han afectado su vida íntima y eliminado a los seres queridos. Cuando ambos hermanos llegan exhaustos al rancho del anciano, ante su natural temor, le expresan que son “personas de bien”. Esto viene a cancelar la desesperación que Fernando ha sentido al faltar, según él, a sus principios morales. Y entre los asesinos, hay uno que no interviene en la violencia, Bruno, que será quien en la secuencia final les alertará sobre su banda pertrechada en el casino del pueblo, como una manera de redención y de conciencia. Por otro lado, está la tierra, el desierto, el mar. Uno de los aspectos que aparecen en el género pero, que en este tipo de copia mexicana, da lugar a una deslocalización geográfica. No se sabe si se está en frontera o en suelo mexicano. Los nombres de personajes y pueblo (Mina Vieja) son en español, y la distancia que existe entre el lugar donde los asesinos eliminan al justiciero, hasta el rancho de la familia que será victimizada, para después pasar a Mina Vieja por el desierto, no permite saber, a ciencia cierta, cuál es la ubicación, pero, en realidad, no será importante.

         Todo por nada dio lugar al inicio formal de Alberto Mariscal como director. Aunque ya llevaba muchos años como actor (desde 1947) o asistente de dirección, y casi una veintena de películas bajo su responsabilidad, esta fue la película que llamó la atención de la crítica, además de ser su primer taquillazo inesperado. Dentro de la trama de esta película hay subtramas que se repiten (o se repetirán) en el futuro. Con experiencia en el ya mencionado “cine de caballitos” (Los dos condenados, Pistoleros de la frontera) tenía claro el ritmo que debía impartirse a este tipo de narraciones, que recuerda su edición en la coproducción con Perú Bromas, S.A. (1966). En El silencioso (1966) aparecía una mujer que insinuaba su atracción hacia el vaquero que llegaba a su rancho ante la ausencia de su marido, de la misma manera que, en esta cinta, la nieta del anciano que protege a los hermanos muestra su afecto hacia Fernando. El personaje de Mendoza, el cacique, muestra afecto y admiración hacia su hermano Nachito (Ignacio Magaloni) en el cual deposita todas sus esperanzas, sin que se sugiera alguna relación malsana entre ellos, como ejemplo opuesto de la calidad moral de Mario y Fernando. La audacia mayor será un breve desnudo de la joven quinceañera cuando es violada por Johnny, mientras que en El tunco Maclovio (1969) ya será más abierto y sensual el desnudo femenino. Y desde la primera secuencia, Mariscal aplica la gran convención del género, acorde con las versiones italianas, al insistir en los acercamientos a rostros y las miradas insolentes o provocadoras.


         Los hermanos Almada seguirían adelante, juntos o separados, en una carrera que sería significativa. Dentro de tramas semejantes o derivadas de Todo por nada, a lo largo de los años setenta. Mario Almada estaría en las audaces La india o La viuda negra (que consideraba una “mancha negra” en su carrera) dentro de producciones estatales, pero también en el cine de ilegales que se puso de moda. Y en los años ochenta, junto con Fernando, estarían en la serie de cintas filmadas en Monterrey dentro del tema de narcotráfico. Fernando fue buen cantante que grabó varios discos y en sus presentaciones personales, era acompañado por Mario como segunda voz. Junto con Antonio Aguilar y su familia, ambos hicieron giras tanto nacionales como en Estados Unidos. Su figura icónica hizo que Mario apareciera en la serie de televisión “El pantera” o brevemente en El infierno (Luis Estrada, 2010), entre la infinidad de videohomes filmados a diestra y siniestra desde principios de los años noventa. Fernando fue menos prolífico y siguió en la producción cuando ya se retiró de la actuación. Mario siguió hasta casi sus últimos días de vida. Su fuerza personal y magnetismo ante el público dio lugar a dos Diosas de Plata, además de recibir el Ariel de Oro por trayectoria. 



miércoles, 29 de diciembre de 2021

CHRISTIAN GONZÁLEZ (1958 - 2021) - IN MEMORIAM

 

CHRISTIAN GONZÁLEZ: IN MEMORIAM 

1-El reciente fallecimiento de Christian González (1958 – 2021) me llevó a desempolvar la videocasetera y el VHS de Imperio de malditos (1992), su tercera película, delirio sadomasoquista de esos años noventa donde la permisividad en el cine mexicano ya era completa. Aquí va un texto como tributo.

POSTER ORIGINAL 

El güero (Humberto Zurita), criminal a sueldo, recuerda el momento de su primera comunión cuando su padre (Guillermo García Cantú) fue asesinado, pero que, antes de morir, le dijo que iba a quedarse solo, por lo que “tenía que echarle muchos huevos”. Luego, mata a quemarropa a un guardaespaldas, a un gordo que se regodeaba con un chichifo oriental, y finalmente, colocando su pistola como órgano sexual en su boca, mata a éste, disparándole. La acción pasa a una reunión sindical en la Central de Abastos, donde el líder Rutilo Morán (Salvador Sánchez, excelente) recibe un tributo en voz de su rival y acreedor Luis (Leonardo Daniel) al cual reclama, en voz baja, que le pague lo que le debe. Pronto, se conoce a la ex mujer de Morán, Marina (Isaura Espinosa), que practica la magia negra y es madre de un hijo adolescente quien es víctima de una bomba enviada para matar a Morán. El joven queda destrozado y su padre ordena al médico que lo atiende que proceda a matarlo. Por tal motivo, contrata a el Güero para que se convierta en su protector y guardaespaldas. De esta manera inicia una relación simbiótica que pasará por diversas etapas, sobre todo cuando se involucre Fabiola (Dobrina Cristeva), amante de Morán, con el Güero.

 Humberto Zurita
Salvador Sánchez 

         La primera relación entre Morán y su nuevo empleado se lleva a cabo en un cabaret donde hay strippers masculinos. Le cuenta su historia, cómo alcanzó su lugar en el mundo, la propiedad de burdeles y bodegas en mercados, además de dejar muy clara su condición humilde que siempre permanece a pesar de tener riquezas. Su amante fue importada de Hong Kong y pagó por ella 25000 dólares. Luego, de manera casi ritual, le expresa que “para ser alguien en la vida, hay que tener huevos, sin compasión”. El protector se convierte en hijo sustituto, y el líder en padre putativo, aunque primero, habrá algunas traiciones, luego otros hechos que irán normando el afecto entre ambos hombres. Fabiola se mete con el Güero quien termina sodomizándola para someterla. El Güero pacta con Luis que sea él quien reciba el adeudo de Morán, además de un porcentaje de utilidades. Fabiola irá ajustando las circunstancias a su alrededor, aunque terminará como otra víctima de su ambición.

 Desollar a la víctima

         Un aspecto interesante es la mezcla de atmósferas: dentro de la terrible realidad violenta, se irá alternando las fantasías de la magia negra practicada por Marina. En dos momentos, cuando Güero ha sido baleado, casi al borde de la muerte, Marina lo salva: extrae una serpiente sangrante de su abdomen, aparte de conjurar al espectro del padre del criminal. Su presencia, en espíritu, reafirma la existencia de Güero, lo que le permite permanecer y continuar contra cualquier ataque. Además de ser un pequeño manual de perversiones y tremendismos, la cinta viene a constatar, subrayar y enfatizar todo ese mundo de corrupción y falsedad que nos rodea. Al final de cuentas, hay que beber las cenizas del líder muerto para perpetuarlo.

 Disfrutar a la víctima

2-En el año 2009, debido a que había conseguido los videohomes de Ritmo, traición y muerte (1991) y su secuela de 2001, unos de los títulos más vendidos en dicho formato, publiqué el siguiente texto en uno de mis blogs.

 Videohome

         Christian González (Tuxpan, Veracruz, 1958) fue alumno de escuela de cine, participante en concurso de cine experimental (Thanatos), fallidísimo autor de cinta intelectualoide y aburrida (Polvo de luz con Camacho y la Jones), pero además perpetrador de otra cinta censurable e interesante (Imperio de malditos). Luego se refugió en el género infinito y desorganizado de los videohomes donde ha filmado un cine "de culto", creado una red de seguidores, para no dejar de aparecer repentinamente en la pantalla grande (24 cuadros de terror, uno de los pocos estrenos interesantes del año pasado). Su obra mayor, vendedora de muchísimas copias, es Ritmo, traición y muerte cuyo título alterno es La cumbia asesina (1991) donde Sebastián Ligarde es un agente policiaco sociópata que se enamora de una vendedora de zapatería, Eva Garbo, quien además ama a un jefe de malvivientes, o sea Jorge Luke, para desatar pasiones, escenas de extrema violencia, desnudos integrales. Se conocen, y las escenas importantes, y sus desenlaces, suceden en un pinchísimo salón de baile donde se interpreta precisamente "La cumbia asesina". Diez años más tarde filmó la secuela, donde el agente Ligarde está encerrado en una clínica psiquiátrica a la cual llega la esposa cachonda y disoluta (Alexa Castillo) de un hombre que practica la religión protestante por lo que no tiene relaciones sexuales con ella (aparte de ser homosexual de closet). La mujer conoce, además, al mismo jefe de malvivientes Luke quien ahora es chofer de combi, aparte de un investigador privado, Roberto Sosa. Con todos tiene sexo, incluyendo a su sirvienta de mediana edad. Urde una trama donde sus amantes se desharán de su marido y ellos mismos se destruirán para que ella siga adelante conociendo otros hombres. Hay una escena donde la mujer se baja la pantaleta, se pone a orinar y luego exprime la prenda, mientras ríe ya que está borracha. Este mal gusto que, además, trata de impactar a sus espectadores, hace que las películas tengan un sentido cercano al John Waters de los inicios, con toda proporción guardada. Desconozco Cumbia cachonda, siguiente secuela, porque no la he podido conseguir, pero hasta aquí les he dado un ejemplo del "culto" que producen los videohomes con sus realizadores que poseen cierta inteligencia. Hay otros patéticos que simplemente son pésimas relecturas del cine de narcotraficantes o de rancheros delincuentes. Los que se dedican a las perversiones sexuales llegan a los peores absurdos, pero lo que más divierte son los elencos constituidos por malísimos actores, tontas vedettes, y alguna que otra excepción... 

 Christian González: In memoriam



 

lunes, 27 de diciembre de 2021

2022: ANIVERSARIOS DEL CINE MEXICANO (5)

HACE 50 AÑOS…

         En 1972 se filmaron 90 películas con una gran intervención por parte de recursos estatales. El echeverrismo había traído consigo la inclusión de nuevos directores y la renovación de los estudios Churubusco. Así como hubo grandes éxitos (El castillo de la pureza) se tuvieron inmensos fracasos (Aquellos años) que, por desgracia, serían comunes en el futuro. No obstante, la producción privada se mantuvo cultivando los viejos y conocidos géneros. Ante algunas propuestas novedosas, distintas para el cine nacional hasta entonces, continuaban los ofrecimientos de un cine popular que alcanzaba éxitos de taquilla, sobre todo entre la población todavía fiel a temas e ídolos. Ahora, la mejor manera de efectuar un recuento, es separar a las películas acorde con la calidad de sus directores: nuevos o viejos.

         El entonces, nuevo cine mexicano, ofreció títulos como El castillo de la pureza (Arturo Ripstein) quien así retornaba al cine industrial, ofreciendo una de sus mejores películas. La trama, basada en hechos reales, de un hombre que secuestró a su familia por años dentro de una casona del centro de la Ciudad de México, reflejaba la hipocresía, el florecimiento del instinto, la rebeldía, que no podían detenerse para explotar en el tiempo. Fe, esperanza y caridad (Bojórquez, Alcoriza, Fons) mostraba, con ironía y comentario social, la aplicación de las virtudes teologales ante una mujer que se libera mientras busca la atención de un santo, un hombre que es víctima de sus propias ambiciones y la tragedia que se desata ante la falsa misericordia de la clase acomodada. El rincón de las vírgenes (Alberto Isaac) sobrevalorada adaptación de cuentos de Rulfo para hablar acerca de los falsos santones y su explotación de la ignorancia. Cuando quiero llorar no lloro (Mauricio Walerstein), adaptación de una novela ya clásica del venezolano Miguel Otero Silva, resulta esquemática, pero no puede negarse su fuerza, al narrar la historia de tres niños nacidos el mismo día, llamados todos Victorino, cada uno perteneciente a diferente clase social, sus abusos y consecuencias. El principio (Gonzalo Martínez) presenta una saga familiar a través de los recuerdos de un joven que ha retornado de Europa: desde el porfiriato hasta los tiempos de Francisco Villa, se narran injusticias, vejaciones y crímenes que dieron lugar al movimiento revolucionario. El profeta Mimí (José Estrada) entra de lleno al ámbito urbano y popular, a través de un caso criminal, donde un hombre, afectado por un trauma infantil, mata a prostitutas. El Señor de Osanto (Jaime Humberto Hermosillo) es la adaptación de una obra de Stevenson adaptada a los tiempos de la Intervención Francesa e ilustra los afanes de estos nuevos realizadores por temas épicos. Una rivalidad fraterna llevaba a la destrucción de una dinastía familiar: un reparto equivocado y una narración plena de defectos hizo que la cinta no llegara a un público masivo, lo mismo que Aquellos años (Felipe Cazals), narración solemne acerca de los tiempos de Juárez y Maximiliano que, debido a un guion plano y verborréico de Carlos Fuentes, aparte de su larga duración (140 minutos), fue uno de los grandes fracasos de su tiempo.

         Los viejos directores seguían repitiéndose en temas y géneros que se habían cultivado desde siempre. Sin embargo, ahora por el color y los bajos presupuestos, la factura técnica carecía de calidad. Entre ellos: Gilberto Martínez Solares, repitió la trama de “Yo bailé con don Porfirio” (1942) en Las hijas de don Laureano, comedia de confusiones debidas a un hombre infiel que tenía hijas idénticas. Joselito Rodríguez filmó otro episodio de su saga sobre “Huracán Ramírez” en Huracán Ramírez y la monjita negra, ahora implicando cuestiones de religión en una trama sin pies ni cabeza, para lucimiento de sus propios hijos. Alfredo B. Crevenna filmó dos cintas de luchadores: Santo contra la magia negra donde Sasha Montenegro buscaba la manera de convertir a la gente en zombi para su beneficio, Las bestias del terror donde Santo unía fuerzas con Blue Demon para evitar que un científico convirtiera a bellas mujeres en monstruos, aparte de un melodrama de ocultismo, La mujer del diablo, donde una virginal doncella se entregaba a un tipo entregado a las artes infernales sin que lograra su redención. René Cardona filmó una divertida comedia ranchera Entre monjas anda el diablo para el lucimiento del ya muy popular, y recientemente fallecido, Vicente Fernández, alternándolo con la popular Angélica María donde pleitos, rivalidades, búsqueda de donativos para un asilo, hacían que el amor triunfara sobre la vocación de una improbable novicia. Emilio Gómez Muriel se fue hasta Argentina para filmar un melodrama erótico y de crimen Basuras humanas donde la tentadora Isela Vega seducía al dueño de un restaurant carretero, así como al dueño de una gasolinería adyacente (Jorge Rivero) casado con una paralítica. Isela incitaba al potente Rivero para que mataran a los otros y quedarse con todo, para llegar a final irónico.

         Todavía queda una generación intermedia de la cual solamente habré de mencionar a Rubén Galindo por su populachera Lágrimas de mi barrio donde introdujo al feo y cacarizo Cornelio Reyna en el cine. Trama populachera con viudo que no logra conquistar a sus deseadas por motivos ajenos a él. Fue un taquillazo. Por su parte Francisco del Villar siguió con sus tramas tremendistas, una en donde Isela Vega era el objeto erótico, motivo de sus buenas entradas en taquilla, El festín de la loba donde la muerte de su madre, hace que una mujer dé rienda suelta a sus instintos sexuales metiéndose con un cura, su medio hermano y con otra mujer, en afán de disfrutar todo aquello que no ha podido. El monasterio de los buitres es una mala adaptación de un texto dramático de Vicente Leñero que se convierte en manual de pequeñas perversiones monásticas, valga la redundancia. 

2022: ANIVERSARIOS DEL CINE MEXICANO (4)

HACE 60 AÑOS...

         En 1962 se filmaron 81 películas en México. Ante la falta de jóvenes directores, el cine nacional buscó a los ídolos juveniles (y al nuevo ritmo de moda: el twist) para darle otro tipo de entretenimiento a un público potencial, que rindió frutos, porque niños y adolescentes nos volcamos a ver a Enrique Guzmán y César Costa a las salas de cine. El terror siguió siendo uno de los géneros socorridos y, de manera general, la comedia tanto urbana como ranchera. El melodrama se hacía presente en todos ellos, con pocas películas en que reinara de manera absoluta.

         Ante un panorama aparentemente desolador, porque en realidad el cine mexicano todavía tenía público fiel y diversos mercados internacionales, se filmaron tres verdaderas joyas que pueden considerarse como las mejores películas de su año: El ángel exterminador de Luis Buñuel, Tiburoneros de Luis Alcoriza y Días de otoño de Roberto Gavaldón: todas se sienten contemporáneas, importantes en sus discursos. Otros intentos prestigiosos (La risa de la ciudad, Paloma herida, Furia en El Edén, Los signos del zodíaco) todavía poseen su valor testimonial, aunque hayan perdido vigencia. Y, como siempre sucede, se filmaron cintas que resultan ahora delirantes, ¡a pesar de sí mismas!

         El ángel exterminador es una alegoría crítica sobre la alta sociedad, su hipocresía y vacuidad. El maestro Buñuel habla sobre la falta de entendimiento para encontrar salidas a una situación. La película nos muestra a un grupo de ricos burgueses que llegan a la “animalidad” por encontrarse encerrados, sin saber el motivo, en el salón de una gran mansión. De aspecto inmaculado, el tiempo que pasa les va mostrando sucios y en su dimensión natural y humana. Con pobre producción y actores acostumbrados a producciones comunes y académicas, la cinta, de todas maneras, es sobresaliente.

 Enrique Rambal, Enrique García Álvarez, Augusto Benedico, 
Silvia Pinal y Patricia Morán en "El ángel exterminador"

         Días de otoño es un melodrama sublime. La humillación que sufre una ingenua y bien intencionada pueblerina al ser engañada por un hombre casado en la ciudad, abandonada en la iglesia donde iba a ocurrir su matrimonio, hace que inicie todo un proceso de simulación ante sus compañeros de trabajo. Luisa (Pina Pellicer en uno de los roles más significativos del cine mexicano) crea una realidad aparte, ficticia, guardando todas las apariencias: deviene esposa, madre, viuda, hasta que se da cuenta de que siempre quedará la esperanza de felicidad como solución.

 Ignacio López Tarso y Pina Pellicer en "Días de otoño"

         Tiburoneros es una exaltación de la amistad y de las relaciones humanas sin conflicto. Aurelio (Julio Aldama en su mejor actuación) vive en la costa, como cazador de tiburones, para mantener a su familia que vive en la ciudad. A pesar de que en su existencia provinciana no deja de haber violencia ni pleitos ni pasiones extremas, jamás podrá compararse con la realidad urbana. Aurelio decide regresar con su familia para valorar aquello que le da sentido a su vida: se da cuenta de que no es así.

 Julio Aldama en "Tiburoneros"

         En los demás casos, podremos hablar de géneros, comenzando por el cine de ídolos juveniles que era dirigido por viejos que solamente ilustraban tramas ñoñas que, en realidad, no importaban. En 1962 aparecen A ritmo de twist (Benito Alazraki) que incluye intervenciones musicales de Alberto Vázquez, Los Hooligans, María Eugenia Rubio, Lisa Rosell, Los Crazy Boys, entre otros, donde la mínima trama es acerca de empresas rivales en la confección de trajes de baño. Twist, locura de juventud (Miguel M. Delgado), aparte de tener una trama bochornosa y ridícula, empata a Rosita Arenas, diez años mayor que Enrique Guzmán, como su interés amoroso. Guzmán interpreta “Cuando vuelva a tu lado” en ritmo moderno para complacer a posibles públicos adultos. Buenos días, Acapulco (Agustín P. Delgado) es una comedia de Viruta y Capulina con los usuales plagios al estilo Roberto Gómez Bolaños de muchos chistes visuales del cine mudo norteamericano, aparte de las imbecilidades de la patética pareja, que introduce a Paco Cañedo, Fabricio y Mayté Gaos, como atractivos para los públicos juveniles. El cielo y la tierra (Alfonso Corona Blake) es un melodrama de problemas familiares donde una monja, Libertad Lamarque, venía a cimentar sus estructuras endebles. La añeja estrella fue muy inteligente al unir su crédito con el popular César Costa y la resurgente Angélica María. Mi vida es una canción (Miguel M. Delgado) fue filmada en ¡doce días!... y se nota. Enrique Guzmán canta con la joven Angélica María, quien lo ama en silencio, en un programa matutino de radio. Inicia una carrera discreta como cantante para apoyar a sus padres y cae en las garras de la vedette Begoña Palacios. De nuevo, canciones viejas con ritmos modernos o en tono de balada. Por otra parte, Una joven de 16 años (Gilberto Martínez Solares) adaptaba una comedia argentina (“Los martes, orquídeas”) para hablar de una jovencita romántica, interpretada por Patricia Conde, que anhelaba el gran amor de su vida, por lo que su padre orquestaba toda una intriga alrededor, sin imaginar las consecuencias.…

         El terror tuvo torpes pero delirantes ejemplos: Santo vs. Las mujeres vampiro (Alfonso Corona Blake) adquirió la calidad de culto ante su triunfo internacional, cuando en realidad es otra cinta de luchadores con bellas mujeres que poseen gusto por la sangre y siguen los cánones del género. El beso de ultratumba (Carlos Toussaint) es una cinta que inicia con tono urbano donde un tipo ambicioso (Sergio Jurado) se casa con una chica (Ana Bertha Lepe) que piensa acaudalada, para encontrarse con una realidad opuesta: la lleva a su casa de campo, desolada, con la intención de asesinarla para cobrar un seguro. Ahí es donde entra el tono sobrenatural. El rostro infernal y su secuela La huella macabra (ambas de Alfredo B. Crevenna) narran las peripecias del conde Brankovan (Eric del Castillo en la primera; Guillermo Murray en la secuela) quien utiliza máscaras para cuidar su aspecto horrible de 500 años de existencia, y quien debe de licuar y beber cerebros para mantenerse vivo. Su pasión por la vedette Vicky (Rosa Carmina) hace que muera electrocutado, para revivir en la secuela donde le acompaña un personaje insólito: un niño vampiro (Humberto Dupeyrón). Todas las torpezas se perdonan ante tantas situaciones fantásticas. El vampiro sangriento (Miguel Morayta) viene a ser el antecedente de La invasión de los vampiros, filmada un año antes por el mismo director, donde se trata al personaje del Conde Frankenhausen (Carlos Agosti) en su intento por vampirizar a su esposa Eugenia (la bella Erna Martha Bauman). Todo lo que sigue se había tratado en la cinta filmada previamente…

         El melodrama puro puede encontrarse en La edad de la inocencia (Tito Davison) donde la titiritera Marga López sufría un golpe de ansiedad ante la presencia de la papelerita Lupita Vidal que le recordaba a su hija, muerta años atrás. La risa de la ciudad (Gilberto Gazcón) servía para que, a través de un grupo de cirqueros ambulantes, se tratara el problema de los paracaidistas en terrenos privados, dejando constancia de que todo se debía a la falta de educación. Buena narración, encuadres correctos y la presencia del atractivo y capaz Joaquín Cordero le daban correcta dimensión. Los signos del Zodiaco (Sergio Véjar) permitió el debut de su director en el cine industrial (ya había filmado una cinta independiente el año anterior) adaptando una obra teatral exitosa once años atrás, donde se hablaba de una realidad social sin solución, encerrada metafóricamente en sí misma, siendo culpables sus mismos protagonistas, pero cayó en el melodrama rampante y exagerado, a pesar de su buen reparto y sus buenas intenciones.

         La comedia tuvo dos delicias fílmicas gracias al recientemente centenario Eulalio González “Piporro”. Tanto Ruletero a toda marcha (Rafael Baledón) como El rey del tomate (Miguel M. Delgado) consolidaron su gracia y la popularidad que había ido consiguiendo con el paso de los años: ambos títulos fueron muy taquilleros. El primero, acerca de un pueblerino norteño que llegaba a triunfar a la capital como taxista dando lugar a muchos abusos, experiencias y situaciones cómicas y amorosas; el segundo lo mostraba como empresario tomatero, con tía bruja, enamorado de una chica de sociedad para vivir casi un cuento de hadas. Pilotos de la muerte (Chano Urueta) reunió a Resortes con Tin Tan, y utilizó como pretexto “twistero” al cantante Dino, así como a los Teen Tops. La presencia en México de los “Hell’s Drivers” de los cuales se presentan algunas secuencias, hace que se vea a los protagonistas, entre otros oficios, piloteando carros de carreras: sus objetos amorosos son Tere y Lorena Velázquez.


domingo, 26 de diciembre de 2021

2022: ANIVERSARIOS DEL CINE MEXICANO (3)

 

HACE 70 AÑOS…

Ninón Sevilla en "Aventura en Río"

         Se filmaron 101 películas mexicanas contra menos de 50 españolas y argentinas. Todavía México poseía mercados internacionales gracias al cultivo de melodramas interesantes, cintas folklóricas y comedias ligeras. Sin embargo, ya iban cambiando los gustos del público. En este año el cine cabaretil ya no tuvo el éxito de antaño. Toda la producción se consideraba igual, y solamente se destacaba a una cinta como la gran excepción del cine de “aliento” (El rebozo de Soledad) que no alcanzó a brillar internacionalmente.

 Stella Inda y Pedro Armendáriz en "El rebozo de Soledad"

         No obstante, el tiempo es el mejor juez: al revisar la producción de 1952 nos encontramos verdaderas joyas de los géneros establecidos y, en algunos casos, varias de las mejores cintas de sus realizadores, revalorados con el paso de los años como excelentes artesanos, y en muchas ocasiones, realmente inspirados para narrar una historia y darle sentido, significado y trasfondo. Testimonios en imágenes de toda una época (sería el año final del alemanismo e inicio de otra etapa con Ruiz Cortinez): metáforas indirectas de realidades que se vivían. Veamos ejemplos.

 Arturo de Córdova y Delia Garcés en la mejor película de 1952: 
"Él" de Luis Buñuel

         La gran película del año es Él donde Luis Buñuel adapta, junto con Luis Alcoriza, la novela corta de Mercedes Pinto (publicada en 1926), donde una mujer narra el infierno vivido al lado de un marido paranoico al cual simplemente nombra como él. La cinta le da cuerpo e identidad como Francisco (Arturo de Córdova), católico, fetichista, celoso, enfermo mental. Al casarse con Gloria (la argentina Delia Garcés), su estado alcanza extremos insólitos, crueles, desgarradores. Es el retrato de un esquizofrénico paranoide que, según se cuenta, era utilizada para ilustrar el caso clínico en escuelas de psiquiatría (dicen que hasta Lacan la ponía como ejemplo). Para Buñuel era una de sus cintas favoritas (“Quizá es la película donde más he puesto yo. Hay algo de mí en el protagonista”) y técnicamente es impecable en cuanto a fotografía, ritmo, edición. El propio Arturo de Córdova, tan igual a sí mismo (como toda estrella prestigiosa del cine mexicano –y universal, finalmente- que se respete) se siente distinto y sus poses, la voz engolada, las utiliza para apoyarle en su actuación: se le nota prepotente para luego cambiar a la vulnerabilidad, la imagen de niño desamparado.  “Él” pertenece a un grupo de películas insólitas en el cine mexicano de ciertos tiempos. Producto neto y sugerente de los años cincuenta.

 Pedro Armendáriz y Katy Jurado en "El bruto"

Buñuel también filmaría en ese año otras dos importantes películas: El bruto, donde habla acerca de la diferencia de clases, la explotación de los ricos terratenientes contra la población miserable, bajo la ironía de una infidelidad de la esposa del acaudalado con el macho deseable (Pedro Armendáriz, sin bigote) que le sirve como verdugo. Aparte, filmaría una coproducción con Estados Unidos, sobre el clásico de Daniel Defoe Robinson Crusoe, en colores y locaciones tropicales.

 Laura Hidalgo, Miroslava y Consuelo Frank 
en "Las tres perfectas casadas" de Roberto Gavaldón

         Roberto Gavaldón, otro de los grandes nombres del cine mexicano, ofreció, aparte de la mencionada El rebozo de Soledad que es una diatriba contra la insensibilidad producida por la explotación de la medicina como medio de lucro, en lugar de buscar el bien común, Las tres perfectas casadas, melodrama ejemplar acerca del matrimonio contra la indiferencia e infidelidad. Por otro lado, Acuérdate de vivir muestra otra variación sobre el mismo tema: la solterona Yolanda sublima el amor por un hombre casado atendiendo a sus hijos. Las tres películas están filmadas con el cuidado técnico que distinguía a su realizador. Aparte, le apoyaron en los guiones tanto José Revueltas como Mauricio Magdaleno.

 Columba Domínguez, Rosita Quintana y Andrea Palma 
en "Mujeres que trabajan" de Julio Bracho

         Julio Bracho filmó tres melodramas intensos, como era su gusto y tendencia: Rostros olvidados, La cobarde y Mujeres que trabajan. Los tres presentan retratos femeninos acosados por sus circunstancias amorosas: En el primero, una cantante retorna para reencontrarse con el hombre que fue su amante y dio lugar al nacimiento de una hija que no reconoce entre las tres que tiene. El segundo se muestra a una niña de origen desconocido quien, al crecer, se convierte en objeto del deseo de un hombre maduro y sus dos sobrinos. Finalmente, Mujeres que trabajan es el más redondo y sólido al presentar a personajes que desean sobresalir del mundo de hombres que les rodean y limitan: no es un discurso feminista, pero sí es emancipativo hasta cierto punto. Bracho prefería introducirse en los aspectos psicológicos de sus heroínas.

María Elena Marqués y Arturo de Córdova 
en "Cuando levanta la niebla"

         Emilio Fernández se dedicó a escudriñar la mente de un psicópata, Pablo (Arturo de Córdova), quien mataba a un compañero suyo en la clínica donde estaba internado, tomando su identidad, presentándose ante un tío acaudalado y la hermana menor (María Elena Marqués) que no lo recordaba. La muchacha se horroriza al enamorarse de quien creía su propio hermano. Todo esto ocurre en Cuando levanta la niebla, cinta que tuvo cierto éxito luego de varios fracasos comerciales de quien fuera realizador importantísimo en la década anterior.

 Carlos Valadez, excelente compositor y bailarín, 
de efímera presencia en el cine nacional

         Alejandro Galindo se dedicó a un cine urbano en las cuatro películas que filmó en ese año. Tanto Los dineros del diablo como Por el mismo camino eran cintas con tema policiaco: En la primera, un humilde trabajador (Roberto Cañedo) era llevado por la ambición y la necesidad a caer en la delincuencia, enamorarse de una rumbera (Amalia Aguilar), a su vez amante de un hampón (Víctor Parra, genial). La otra mostraba a un delincuente criminal (Carlos Navarro) en su intento por huir a la frontera, aunque conocía a una desahuciada joven (Celia D’Alarcón) de la cual se enamoraba y era el motivo de su caída. Sucedió en Acapulco es un divertimento sin mayor trascendencia. Su gran película del año es la subestimada El último round nueva incursión en el mundo del boxeo, pero a la altura de los años cincuenta: ahora el protagonista no era personaje de barrio, humilde, sino un cantante y bailarín (Carlos Valadez, usualmente villano en cintas de arrabal, en su debut y despedida estelar, en la que también sería extrañamente, su última película) que mostraba cualidades para usar los puños. Luego de varias desgracias, podía reintegrarse a la sociedad: ya no era comentario social ni radiografía del “jodido”, sino muestra de una etapa que se sentía próspera.

 Niní Marshall y Antonio Aguilar en "Amor de locura"
del debutante director Rafael Baledón

         En 1952 debutaron tres nuevos directores: Rafael Baledón, actor que tendría una nutrida filmografía en este puesto, al dirigir Amor de locura, graciosa paráfrasis de la pasión que enloqueció a Juana debido al amor hacia Fernando. Niní Marshall resultaba sublime ante un Óscar Pulido fenomenal, quien del presente, como potencial asesino de su amante esposa, se enteraba de su pasado. Rafael Portillo filmó una comedia artesanal acerca del amor entre un ser del otro mundo y una rica humana en El fantasma se enamora. Y el escritor, periodista y versátil Luis Spota, debutó con un guion propio Nadie muere dos veces, cinta de intriga policiaca acerca de un hombre que suplantaba a otro en el afecto de su esposa, supuestamente asesina, para que todo se complicara y luego resolviera de la manera más fortuita.

 Ninón Sevilla y Luis Aldás en la delirante "Aventura en Río"

         Alberto Gout filmó un melodrama delirante, única cinta del año para Ninón Sevilla quien así se despedía del género que la convirtió en reina desde 1946: Aventura en Río. Alicia, la esposa de un médico mexicano sufría un accidente en Río de Janeiro que la dejaba amnésica. Una confusión de identidades hacía que la policía pensara que el cadáver de otra mujer era Alicia, quien a su vez, era rescatada por un hampón que la metía a trabajar a un cabaret como Nelly, la hacía su amante y la mujer se tornaba en apasionada defensora de su hombre, al grado de llegar a la saña contra quien se interpusiera en su camino. Claro que Alicia recuperaría su memoria y se reintegraría a su vida familiar, sin que el moralismo de la época ni la justicia del melodrama, la condenaran por haber disfrutado de las mieles de la infidelidad y del crimen. Caso semejante a su inmortal Aventurera (1949) donde la protagonista se redimía de su pecado carnal por haber sido víctima. La cinta tiene varios números musicales de antología (“Moreno, moreninho, meu amor”).

 Marga López, Julio Villarreal y Andrea Palma 
en "Eugenia Grandet"

         Emilio Gómez Muriel filmó cinco películas, pero deben de destacarse dos de ellas: Eugenia Grandet, correcta adaptación de la novela de Balzac al medio rural de las primeras décadas del siglo veinte para mostrar el retrato del avaro miserable (Julio Villarreal, en una de sus mejores interpretaciones) que condenaba a su hija (Marga López) a la soltería y el dolor. Un divorcio es la adaptación de otra novela, ahora de Paul Bourget, escritor católico, que narraba la crisis existencial (y religiosa) de una mujer (nuevamente Marga López), divorciada, casada en segundas nupcias con un ateo, cuyos conflictos de madre se interponían con su situación marital.

         Y quedan otros títulos destacables de los cuales podremos ir platicando en el transcurso del año en que se tornarán septuagenarios: René Cardona y la cinta que introduce a El Enmascarado de Plata; Rogelio A. González con Un rincón cerca del cielo; Gilberto Martínez Solares con Me traes de un ala; Carlos Toussaint con Marejada; Adolfo Fernández Bustamante y la deliciosa Cuarto de hotel; Alfredo B. Crevenna y la última película de Leticia Palma para el cine, en Apasionada; Ismael Rodríguez con Del rancho a la televisión, Pepe el Toro, o la ingeniosa Dos tipos de cuidado: Roberto Rodríguez con la juvenil Una calle entre tú y yo, hasta llegar al infinito de delirios fílmicos nacionales como Canción de cuna, del padre del cine mexicano, Fernando de Fuentes.