martes, 22 de diciembre de 2020

EL DIOS DEL MAL

 

CANAIMA

1945. Dir. Juan Bustillo Oro.

         La exitosa y taquillera adaptación fílmica de Doña Bárbara (1943, Fernando de Fuentes), popular novela del venezolano Rómulo Gallegos, dio lugar a que se creara el mito de María Félix y que se procediera a adaptar otras de sus obras al cine mexicano. Así surgieron La trepadora (1944, Gilberto Martínez Solares), Cantaclaro (1945, Julio Bracho) y Canaima, además de un guion original del escritor: La señora de enfrente (1945, Gilberto Martínez Solares). Las tramas que tenían que ver con el medio selvático y campesino de Venezuela, mostraban puntos en común con los temas folclóricos que nuestra cinematografía cultivaba con frecuencia y aceptación de los espectadores.

Alfredo Varela Jr., Jorge Negrete                                                                          y Bernardo Sancristóbal 


Andrés Soler como oráculo del destino

         Marcos Vargas (Jorge Negrete) retorna al hogar en Ciudad Bolívar luego de años fuera. Viaja por el Orinoco al lado de Gabriel Ureña y Arteaguita. Declara su amor por la aventura y su precaución ante la selva donde murieron sus hermanos Francisco, quien se ahogó, y Enrique, por una mordedura de serpiente. Gabriel le comenta que su tranquilidad no augura buenas noticias para Canaima. Entonces se les acerca el Conde Giaffaro (Andrés Soler), jugador que ha ganado dinero para luego derrocharlo y volver a empezar. Le explica que Canaima es el dios del mal, y del cual pudiera ser presa fácil. Además, le revela que su hermano Enrique fue asesinado por un vulgar criminal, el Cholo Parima, quien tiene una cicatriz sobre la cara. Así, ha sembrado el deseo de venganza en Marcos. Es una especie de oráculo, de voz que anuncia su destino...

Rosario Granados es la frágil Aracelis

         La trama de la novela, farragosa, elaborada, fue adaptada por Bustillo Oro tomándose algunas libertades para que tuviera una continuidad y coherencia fílmica. Compuso algunos momentos y otros los adelantó o retrasó en la narración. Marcos entrará en el negocio de transportación de carga por estar cerca de la bella Aracelis (Rosario Granados), sobrina del hombre que le ha vendido sus carros, Manuel, quien es a su vez padre de Maigualida (Gloria Marín), objeto de la pasión del cacique del lugar, Ardavín (Carlos López Moctezuma) quien ante su rechazo ha jurado que nadie será dueño de su amor. Además, Ardavín es rival en negocios de Marcos. Al apostarle sus carros contra sus clientes, Marcos ganará las partidas para provocar la ira del tipo. Así iniciará una serie de crímenes que irán alimentando la ira y el desdén en Marcos. Canaima se ha ido apoderando poco a poco de su voluntad, haciendo que se cumplan las palabras de Giaffaro.

Gloria Marín es la atormentada Maigualida

         La cinta va mostrando el cambio paulatino de Marcos Vargas. Del joven idealista, deseoso de aventuras y fines nobles, se va conformando un hombre pleno de rencor y deseos de venganza. Lo que inicialmente era su piedra de toque con la realidad y el romanticismo (el amor hacia Aracelis) se transforma en pragmatismo (las rivalidades, la ambición y la necesidad de supervivencia en un medio hostil). Marcos viene en primera instancia representando a la cordura y la civilización, pero el salvajismo y la negación de valores dentro de la selva le hacen integrarse a la violencia y al cinismo (le pide a Aracelis que lo siga sin casarse: ella acepta).

Gilberto González es el Sute Cúpira 


El Indio Bedoya es el Cholo Parima

         Una de las cualidades de la película es que muestra el ojo perfecto que tenía el director para sus repartos. Hay tres villanos: el Sute Cúpira, interpretado por Gilberto González, que representa al hampón de la selva, el que extorsiona para permitir el “uso de suelo” entre los caucheros que acampan. El Cholo Parima, en la persona de Alfonso Bedoya, es el guardaespaldas prepotente, bravucón, sin escrúpulos. Y en los roles femeninos, Rosario Granados es la dulce Aracelis, rubia, frágil, quien romperá con sus principios morales en pos del amor (algo que no sucede en la novela: digno de admiración para Bustillo Oro). O Maigualida, morena, decepcionada por la pérdida de un amor y la amenaza del amor no correspondido a quien será el tercer villano o sea Ardavín, cobarde que debe acceder a las armas o al cuidado de otros para sobrellevar sus acciones. Su destino será la locura debida a su inestable condición y a los constantes temores de los que huye mientras está sobrio.

Carlos López Moctezuma como Ardavín                                                            y su amante Juanifacia o sea, Carolina Barret

         El maestro Bustillo Oro cumplió con un compromiso contractual con Filmex y obtuvo uno de sus grandes éxitos. La película es magistral en su desarrollo y mucho se debe a que el fanfarrón y soberbio Negrete quedaba a la altura del personaje de Marcos Vargas. La última frase de la película es “Marcos Vargas, un hombre macho entre los hombres machos” que era la figura que él mismo se había construido (y que en estos tiempos no sería políticamente correcta). Canaima describe cómo el mal se va apoderando de los seres con intenciones nobles. Es una perfecta alegoría de toda la corrupción que se vino desarrollando en nuestro país luego de su filmación... Gran película que ha cumplido su 75 aniversario.

El director Juan Bustillo Oro



sábado, 28 de noviembre de 2020

RICARDO MONTALBÁN (1920 - 2009)

 

RICARDO MONTALBÁN

EN EL CINE MEXICANO

por Roberto Villarreal Sepúlveda.

         Se acaban de cumplir los cien años del nacimiento de Ricardo Montalbán quien llegó a la Ciudad de México el 25 de noviembre de 1920, bajo los nombres de Ricardo Gonzalo Pedro, descendiente de emigrantes españoles originarios de la región de Castilla-La Mancha. Vivió en Torreón, Coahuila, durante su juventud y estudio comercio. Partió a Los Ángeles a finales de los años treinta para estudiar inglés y ahí comenzó en el teatro estudiantil donde se dio cuenta de lo que haría en la vida. Otros pininos escénicos en Nueva York y el retorno a México por enfermedad de su madre le obligaron a buscar oportunidades en la ya floreciente industria cinematográfica. En 1942 participó en papelitos sin crédito (Los tres mosqueteros, La virgen que forjó una patria), Luego una pequeña parte que viene a ser su debut formal en El verdugo de Sevilla (Fernando Soler) y como anunciador de variedades en un barco en La razón de la culpa (Juan José Ortega). Estos esfuerzos valieron la pena: se hizo distinguible entre su atractiva presencia y su extraordinaria voz. A finales de ese año filmó Cinco fueron escogidos (Herbert Kline) que tuvo versiones en español e inglés, aprovechando que dominaba el idioma, pero era un rol secundario que ya advertía su futuro estelar.

         A partir de ese momento, la carrera mexicana de Ricardo Montalbán se vuelve excepcional en muchos sentidos y por diversos motivos. Dirigido por Norman Foster, un importante realizador norteamericano que vino a México gracias a los estudios RKO de Hollywood que establecieron una filial en México, personifica a dos toreros: el Jarameño de la tercera Santa (1943) y el Rafael Mejía de La hora de la verdad (1944). En la primera, apasionado por la angelical prostituta cuya vida se deslizaba entre la culpa y la pasión carnal, cierra los ojos ante el pasado y desea redimirla; la segunda es más verosímil en cuanto se evita elevar al torero como súper hombre. La hora de la verdad (1944) narra el ascenso, la decadencia y el final de un hombre dividido entre el amor a una mujer y el amor a su profesión. El temor está presente todo el tiempo: al toro-muerte, a la mujer-locura, al fracaso-caída. Rafael se casa con una mujer que enloquece por temor a verlo morir; tiene relaciones con una joven de sociedad quien le oculta, por temor a perderlo, la existencia de un hijo; fracasa en su carrera por miedo a la soledad y finalmente muere porque esa angustia ha debilitado todo lo que podía sustentarlo.

         La fuga (1943), también de Norman Foster, ocurre durante la Intervención Francesa. Basada en “Bola de sebo”, el cuento de Guy de Mauppasant, lo presenta como otro ser vulnerable: un teniente francés que se enamora de una joven que se le entrega solamente para que la deje, junto con otros pasajeros de una diligencia, a continuar su viaje para la atención médica de una niña. La consecuencia es el enamoramiento de la pareja, pero será imposible su felicidad ya que la única salida será la muerte porque la guerra entre naciones no permitía la traición. Fantasía ranchera (1943) lo encuentra como el compositor Carlos quien va a lograr la escenificación de una ópera ranchera para poner en alto el nombre de Lagos de Moreno, Jalisco. Dirigida por Juan José Segura, con toda lo inverosímil de su trama y muchas secuencias cantadas entre Pedro Vargas, Manolita Saval y Chacha Aguilar, entre otros, resulta insoportable y requiere mucha pasión cinefílica para aguantarla hasta el final.

         En Cadetes de la Naval (1944) fue dirigido por Fernando A. Palacios (quien fuera el descubridor de María Félix además de efímero realizador: solamente tres películas) donde aparece como apuesto marinero, junto con Abel Salazar, que se enfrentará con un submarino nazi y deberá permanecer fiel a su novia Susana Cora contra la tentación que significaba Chela Castro. 


Nosotros (1944) es la joya del realizador Fernando A. Rivero en donde encarna a un ladrón salvado por el amor de la prostituta Marta (Emilia Guiú). Un malentendido hace que el gran amor entre ellos se pierda. Armando se casará con una chica de sociedad, pero habrá sacrificado a la mujer-brújula que le cambió el rumbo.

La casa de la zorra (1945), lujosa producción del director Juan José Ortega para celebrar el cincuentenario como actriz de Virginia Fábregas, en su último rol dentro del cine nacional, donde conjuntó a un elenco estelar de primera categoría (Andrea Palma, Isabela Corona, Susana Guízar, Julio Villarreal, Andrés Soler, entre otros). Aquí aparece como Alberto, el hijo disipado y vividor de la dueña de una casa de juego a la cual apodan “La zorra”, pero a quien nadie conoce. El hombre, que ha estado lejos de su lado por muchos años, le confiesa que no tiene trabajo y que su vida ha sido el vicio, a lo que su madre le revela su verdadera ocupación. Alberto se enamora de una mujer casada, que le corresponde, y cuando van a escapar, la madre se entera de que es hija del hombre con el cual tuvo a Alberto por lo que debe impedir un incesto. Montalbán aparece con canas pintadas sobre las sienes, quizás para darle el aspecto de hombre de mundo, mayor de treinta años, y más cercano al físico que presenta doña Virginia (quien ya era septuagenaria), quien no era muy agraciada en sus rasgos faciales, además de vestir trajes elegantes, resaltados por su buen físico. [como dato anexo, el pasado 17 de noviembre se conmemoraron los 70 años de su fallecimiento]

         Pepita Jiménez (1945) de Emilio Fernández, basada en la conocida novela de Juan Valera acerca del seminarista que levanta la pasión de la inmaculada Pepita y a la cual se le entregará finalmente, es una de las obras maestras menospreciadas de nuestro nacionalista realizador. Con esta cinta, Montalbán se despide por primera vez del cine mexicano para iniciar una exitosa carrera en Hollywood. Su imagen en este período enfatiza la vulnerabilidad, la debilidad de carácter, la tragedia, la fatalidad del destino. Tan acostumbrado nuestro cine a encasillar actores en ciertos personajes, lo veía como galán fatídico, expuesto a los juegos del amor para perder en la mayoría de las ocasiones. Tenía personalidad y un excelente timbre de voz.


         Montalbán, inteligente, supo aprovechar esos papeles para llamar la atención y elevarse sobre las calidades de los materiales. Por fortuna, si se realiza una valoración conjunta, sale ganando en cuando a que filmó pocas cintas nacionales, pero en su mayoría rescatables y de calidad. De aquí que, junto con su figura y dominio del inglés, sus relaciones personales con Norman Foster (quien era su concuño), además de la moda del panamericanismo en las cintas de Hollywood, dio el salto a la internacionalización: en la MGM, cantó y bailó con Cyd Charisse, Lana Turner o Esther Williams, entre otras damas, luego diversos estudios de cine y películas con temas y géneros disímbolos, para llegar más tarde a la televisión. Fuera de dos retornos a México, toda su carrera, actividad y fallecimiento ocurrirían en Hollywood.

Su primer retorno fue para participar en Sombra verde (1954), uno de los puntos altos del cine de Roberto Gavaldón, financiada por Producciones Calderón, a punto de lanzar sus cintas con desnudos fílmicos. Historia de pasiones tropicales, con momentos álgidos dentro de los peligros de la selva, en donde un ingeniero capitalino conoce el amor en la figura de una joven nativa (Ariadne Welter) y se enfrenta con los problemas de poder y ambición para finalmente alejarse aunque con la promesa de que volverá. Una década más tarde, el productor Carlos Amador lo trae a México para estelarizar una exuberante cinta que aprovechó la enorme popularidad de Silvia Pinal como actriz buñueliana y vedette de categoría, como su pareja. Buenas noches Año Nuevo (1964) de Julián Soler, es una superproducción, para la época, que reúne a varias estrellas de la música internacional (Chile, Brasil), además de un elenco equilibrado: ante la experiencia de Pinal, una incipiente Fanny Cano. La gracia de Sergio Corona, aparte de la unión de Nacho Contla con Héctor Lechuga. Una pareja casada de director y estrella viven de pleito como imagen pública pero en la intimidad juegan a ser amantes por lo que refuerzan su pasión. Un malentendido creará conflictos y todo se narra entre números musicales con cierta fastuosidad. Fue un gran éxito taquillero y así terminó la carrera cinematográfica mexicana del actor.

         La imagen de Ricardo Montalbán es, en resumen, la de un hombre que supo aprovechar su prestancia para interpretar tanto a personajes vulnerables como socialmente fuertes. Desde el ladrón sin esperanza hasta el marinero heroico, desde el seductor consciente hasta el amante lúdico. Supo trascender dichos papeles para traspasar fronteras, usar el arquetipo hollywoodiense para afianzar su talento actoral y diversificarse en roles que lo alejaron del estereotipo. Ricardo Montalbán es otro de los casos únicos, incomparables, de la historia de nuestra cinematografía. Estas notas sólo han querido recordarlo, describirlo y darle su merecido lugar como personaje inclasificable: ¿cuál hubiera sido su destino de proseguir su carrera en México? Por fortuna, nunca lo sabremos.



        

 

jueves, 12 de noviembre de 2020

AHÍ VIENE EL GATO LOCO...

SERENATA EN NOCHE DE LUNA

1965. Dir. Julián Soler.

 

    Alberto Montes de Oca y Martínez de la Rivera (Alberto Vázquez), hijo del agregado cultural de México en Israel, llega a una nueva universidad en México (a todas luces la UNAM sin darle crédito), acompañado por su chofer Hugo (Guillermo Rivas), porque el trabajo de su padre le ha hecho mudarse una y otra vez sin poder terminar una carrera. Es un hombre multifacético que destaca en deporte (decathlón, esgrima) y en sus clases. Por tal motivo causa disgusto entre una palomilla de estudiantes comandados por Raúl (Alfonso Mejía) a los cuales siempre reta y gana. Alberto se enamora de Silvia (Tere Velázquez, hermana de Raúl, aunque no deja de coquetear con otras damas, como sucede con una secretaria llamada Julia (Adriana Roel), así como con las amigas de Silvia para provocar sus celos ya que la chica se muestra, en apariencia, indiferente al muchacho. Lo mismo sucede con Raúl quien no acepta a Alberto a pesar de sus esfuerzos por ser parte de su grupo. Raúl entra en malos pasos por una vedette rubia y famosa, Laura (Gina Romand) que lo trae enloquecido y le hace fallar en sus estudios. Para ayudarlo, debido a una petición de Silvia, Alberto empieza a coquetear con Laura para alejarla de Raúl. Sin embargo, Silvia se enoja por el mismo motivo. Todo se complicará cuando Raúl quiera robar el temario del examen final de derecho y sea sorprendido, pero no identificado por su maestro (Antonio Bravo). Raúl se topa con Alberto y el maestro los encuentra. Al exigir el nombre del culpable, Alberto se echa la culpa. De esta manera, las actitudes de Raúl y Silvia cambiarán hacia Alberto.

Alberto Vázquez y Tere Velázquez

    Un argumento tan simple y sin graves conflictos era mero pretexto para el lucimiento del entonces popularísimo cantante Alberto Vázquez quien había demostrado cierta solvencia como actor (dentro de lo convencional, claro). Todo resulta nimio, sin mayores consecuencias ni trascendencia. Los personajes son estereotipados pero lo más destacable es que se continúa la tradición de mostrar a una juventud inventada por el cine nacional, e interpretada por actores cuyas edades ya se encontraban más allá de la segunda década. En este caso, Alberto es un estudiante idealizado (no en vano, Tere Velázquez le apoda “Superman”), quien tanto brilla en la academia como en los esfuerzos físicos. Bien viajado, conocedor de idiomas y estudiante de las Universidades de Cambridge o Salamanca, entre otras, viene a mostrar una imagen que quisiera ser modélica para los espectadores de la película. Sin embargo, queda en la intención, en la mera mención de hechos sin demostrar nada (es muy fácil expresar deseos: el problema es tener la posibilidad, capacidad o voluntad para tornarlos realidad). Hay un ánimo de esperanza porque los jóvenes universitarios se están preparando para las próximas Olimpiadas que serían en México 68. Esto no es un juego ni un pasatiempo, está de por medio el prestigio de nuestro país y debemos responsabilizarnos... es lo que les indica el entrenador a la palomilla de Raúl.

 Alfonso Mejía

    Dentro del mundo ficticio juvenil que imponía el cine nacional, los problemas de debatían entre la moralidad (la deshonra de robar un examen; la búsqueda de una pareja inapropiada), el romance (había que encontrar a la pareja ideal) y la promesa de un futuro que será laborioso y redituable. Así lo demostró la etapa de los ídolos juveniles (César Costa, Enrique Guzmán, Angélica María y el mencionado Alberto, sobre todo) que siguieron una carrera paralela en el cine e intervinieron en temáticas de crueldad violenta, acechanzas de vedettes sensuales o galanes abusivos, problemas económicos, pero siempre con esperanza y mensajes de redención. Más cercanos a las idealizaciones de Bustillo Oro (Mil estudiantes y una muchacha, 1941) o de Roberto Rodríguez (Una calle entre tú y yo) que a la etapa Díaz Morales de pecado, droga y sensualidad en la segunda mitad de los años cincuenta (Juventud desenfrenada; Mundo, demonio y carne; Estos años violentos, entre otras), sin acercarse a las posibilidades de las aproximaciones más realistas, aunque menos contundentes de Alejandro Galindo (La edad de la tentación, 1958) o Luis Alcoriza (Los jóvenes, 1960) que pudieron haberle dado otros matices al género (aunque la tendencia fue mundial: los cantantes se tornaron ídolos de la pantalla en Argentina, España, Inglaterra, etc., en asuntos ligerísimos, con la gran excepción de Los Beatles, claro). Fueron los primeros, felices años sesenta. (Por supuesto, jamás podrá tomarse en cuenta a la gran excepción de Los olvidados de Luis Buñuel).

 Gina Romand

    Sin embargo, todas estas cintas son cálidas, acogedoras, por muchos o pocos de sus elementos. Por supuesto que las canciones: en esta película, Alberto canta “Uno para todas” o “Yo sin ti”; Tere Velázquez canta (algo que no hará en otras cintas) “Ya no te extraño” pero sigue en su rol de chica mimada y caprichosa; Aparece el grupo de Los Hooligans, ya en su segunda etapa, con Johnny Ortega como vocalista, e interpretan  “El gato loco”, además de ser estudiantes compañeros de Alberto (lo mismo que Polo Salazar y Guillermo Herrera). Gina Romand interpreta dos composiciones poco explotadas de Armando Manzanero, bastante rítmicas: “Así, así” como bossa nova y “No estás aquí”, en tiempo de jazz que anuncian el genio del compositor yucateco pero también muestran unas horrorosas coreografías que ejecuta la vedette. Aparece Alfonso Mejía, uno de los grandes lanzamientos de la mencionada cinta buñueliana, quien compensaba en personalidad y gran atractivo físico lo que carecía de talento histriónico. Una rarísima curiosidad es la “presentación”, que fue debut y despedida, de Miss México 1965, Janine Acosta, quien era hija en la vida real de Rodolfo Acosta (que se tornó centenario este año), el inolvidable villano de Salón México (Emilio Fernández, 1948), pero quien aparece como amiga de Tere Velázquez, sin pena ni gloria, perdida entre el montón de ignotas y desconocidos extras.

Janine Acosta, en medio, entre Guillermo Herrera, a la izquierda, y Polo Salazar, a la derecha. En el extremo izquierdo está Humberto Cisneros y arriba de ella, Johnny Ortega, ambos integrantes de Los Hooligans.

 Los Hooligans

    Ante la trivialidad argumental (original del prolífico guionista, adaptador Fernando Galiana, con más de 180 películas en su haber, quien nos daría otras tramas mucho mejores) están los recuerdos de otros tiempos, las presencias fabulosas, las canciones que emocionan. La película terminaba, aparentemente, cuando los estudiantes levantaban en sus hombros a la pareja estelar y la sacaban de los campos deportivos de la UNAM. Tal vez por la corta duración (difícilmente llega a los 80 minutos), se nota un añadido “sorpresa”, otro final, un giro inesperado, en una secuencia que involucra al joven cantante y su chofer, que le otorga un total sinsentido y niega muchas cosas que nos ha propuesto el argumento. Uno se ríe ante el absurdo, pero se da cuenta de que al público no le importaba: era ir a la sala oscura para disfrutar de canciones e ídolos en situaciones distintas a lo que ocurría en la realidad. Era la extensión ensoñada de la radio o de la televisión, o de los acetatos de 45 rpm, lo que no nos ofrecían esos medios. El goce de escuchar por enésima vez, en otros terrenos, lo que era divertida poesía… ahí viene el gato loco, le patina el coco…

 El director Julián Soler (1907 - 1977)

 

 


sábado, 17 de octubre de 2020

MODELO DE BELLEZA

 

TANTA BELLEZA CRUEL: MONTGOMERY CLIFT

Que me perdonen todos este lujo,

este tremendo lujo de ir hallando

tanta belleza en tierra, mar y cielo,

tanta belleza devorada a solas,

tanta belleza cruel, tanta belleza.

Ángela Figuera Aymerich


        Uno de los rostros masculinos más hermosos del cine norteamericano perteneció a Montgomery Clift (1920 – 1966). Ese fue el atractivo principal para llamar la atención y luego demostrar que esencialmente era un buen actor y no una simple cara bonita más. Este 17 de octubre de 2020 se cumple el centenario de su nacimiento y es importante recordarlo ya que paulatinamente se están perdiendo diversas personalidades en la memoria colectiva. Así como las grandes presencias del cine silente se tornaron polvo ante el advenimiento del sonoro, ya estamos en el borde del precipicio ante el imperio digital. De nada sirve que sus películas sean más fáciles de conseguir: a la mayoría de quienes pertenecen a las nuevas generaciones no les importa. Solamente existe el tiempo presente (algo que es muy cierto) pero éste se prefiere a revivir las experiencias del pasado (al menos del lejano) y estar siempre a la expectativa de lo que vendrá.


        Montgomery Clift nació en Omaha, Nebraska, cuatro años antes de que Marlon Brando le siguiera en el mismo punto geográfico del mundo. Es curiosa la coincidencia: dos actores talentosos, simbólicos para cierta era del cine norteamericano (de donde se tornaron universales), comparten lugar de origen. Cada uno en su estilo cimbró al cine con su presencia, su actitud y su atractivo físico (Clift era esbelto, velludo; Brando, musculoso, lampiño). Nació dentro de una familia con medios decorosos: su madre, diletante, lo llevó junto con sus hermanos a Europa. Fue por esos rumbos donde descubrió al teatro y surgieron los deseos por participar. Aparte era un niño con rasgos delicados y perfectos por lo que inició una carrera pública como modelo.


        En el teatro tuvo grandes ventajas: actuar al lado de la pareja de Alfred Lunt y Lynn Fontane, leyendas de la escena, o con Fredric March, entre otros. Aparte, participó en obras de Thornton Wilder o Lillian Hellman. Hasta hizo teatro musical en una comedia de Cole Porter. La oportunidad de viajar a Hollywood le llegó temprano pero desistió. Pensó que era importante madurar y adquirir mayor experiencia. Era uno de los galanes jóvenes, talentosos, del Broadway dorado en los años cuarenta. En 1946 aceptó la oferta de la MGM para ir a la Meca del cine. Era un contrato de seis meses, algo que Clift deseaba para no sentirse esclavizado y tener la libertad de retornar a sus valorados escenarios.

La belleza, como el dolor, hace sufrir

Thomas Mann


        La primera oportunidad llegó bajo las órdenes del legendario Howard Hawks en Río rojo (Red River, 1948), cinta del oeste donde aparecía como hijo adoptivo de Tom Dunson (John Wayne), en la época salvaje de asentamientos de tierra y lucha contra los indios. Cuando Dunson lo encuentra solitario, desde niño, luego de que su familia ha sido muerta, lo toma bajo su cuidado. Con el paso de los años ambos hombres se enfrentarán con la toma de decisiones en una travesía extrema de traslado de ganado. La cinta impacta por sus personajes, pero la presencia del debutante Clift no pasó desapercibida. Sin embargo, la siguiente cinta del joven actor La búsqueda (The Search, 1948, Fred Zinneman) donde interpreta a un soldado en la Alemania destrozada que ayuda a un niño a localizar a su madre, se estrenó antes. Ambas películas fueron la revelación de un actor sensible y carismático.


        La heredera (The Heiress, 1949, William Wyler) fue el tercer gran éxito consecutivo con su público. Como Morris Townsend, un vividor joven y extremadamente atractivo, conquista a la fea y desangelada Catherine Sloper (Olivia de Havilland, quien ganó su segundo premio Óscar como mejor actriz), hija de un médico acaudalado. El padre, consciente de la falta de gracia de Catherine, los confronta. Ella lo odia por revelarle su desamor y Morris aparenta ser humillado al acusársele de interesado. Cuando Catherine le pide que escapen juntos aunque sea desheredada, Morris la abandona para volver años más tarde e intentar reconquistarla. La cinta es apasionante. Uno acepta la ilusión de que Catherine, quien jamás imaginó tener a un pretendiente con ese aspecto físico, tuviera esa suerte; a Morris no se le detesta cuando se torna aparente villano porque despierta el sentimiento protector gracias a su encanto viperino: “no hay cielo sin nubes, ni paraíso sin serpiente”. Se encuentra el subtexto de una compra venta: Catherine está dispuesta a dejarse aplastar por momentos de felicidad; Morris se torna en objeto sexual que sabe valorarse, ponerse precio. Al padre de Catherine le interesa la felicidad de su hija, sola, sin sufrimientos, sin importarle que ella aspira a cierto fuego en su apagada existencia. Clift se torna en obvio, evidente, símbolo del deseo.


        Posteriormente Montgomery filma Sucedió en Berlín (The Big Lift, 1950, George Seaton), una historia acerca de dos militares en el Berlín destruido de posguerra que llevan alimentos y requerimientos a la población cuando los rusos bloquean ciertas entradas en el sector. Conocen a sendas mujeres que les dan diversas perspectivas de vida. La cinta volvió a llevar a Monty (como se le apodó) a la Europa devastada con otro tema edificante aunque sin gran éxito. Al año siguiente tuvo una de sus grandes oportunidades: Ambiciones que matan (A Place in the Sun, 1951, George Stevens) interpretando a George Eastman, un hombre pobre que llega a la ciudad para obtener el trabajo en la fábrica de un rico tío lejano que lo trata como a cualquiera diciéndole que deberá empezar desde abajo. Ahí conoce a la obrera Alice (Shelley Winters) con la cual tiene relaciones sexuales y la embaraza. George conoce a la millonaria Ángela (Elizabeth Taylor) de la cual se enamora y es correspondido. Decide deshacerse de Alice, pero cuando planea asesinarla ahogándola en un lago, desiste. Sin embargo, la misma Alice hace que el bote donde van se tambalee, pierde pisada, cae al agua y muere. A pesar de su testimonio donde confiesa sus planes iniciales y el subsiguiente accidente, es condenado a muerte. Hay una secuencia bellísima donde George y Ángela se declaran su amor: un gran acercamiento a sus rostros, con edición alterna entre ellos, ha quedado como ejemplo de la buena narración fílmica. Ahí conoció a Taylor quien se tornó en su gran amiga. En Ambiciones que matan, Clift reinterpreta a Morris Townsend de La heredera, aunque ahora en otro nivel: el objeto de su amor es otra hija de familia acomodada, quien recibirá en algún momento de la vida una gran fortuna. Aquí ambos son bellos, pero el paraíso posible mantiene a su serpiente: en su debilidad, la belleza ha caído en el crimen, los obstáculos deberán derribarse, hay que destruir para salir avante. El hecho no puede quedar impune, la moral se impone y no podrá consumarse la unión idealizada.


        Dos años más tarde se estrenan tres películas que filmó al hilo: Mi secreto me condena (I Confess, 1953, Alfred Hitchcock) donde interpreta a un sacerdote (ofreciendo otra imagen del deseo para quienes lo idolatraban) que es sospechoso de un crimen sin poder declarar la verdad ya que el verdadero asesino le ha confesado, bajo secreto inviolable, su homicidio. Indiscreción de una esposa (Indiscretion of an American Wife, 1953, Vittorio de Sica) donde interpreta al amante italiano de una norteamericana cuya relación ya no puede continuar. Y finalmente De aquí a la eternidad (From Here to Eternity, 1953, Fred Zinneman) donde alcanzó otro de sus puntos altos. Basada en una popular novela, audaz para su tiempo, se narraban varias situaciones entre los miembros de una compañía militar: el joven Prewitt, o sea Monty, quien había sido campeón lígero de boxeo y al ser trasladado se espera que sea el representante de dicho deporte para la compañía. El joven se niega, debido a una mala experiencia del pasado, y comienza a ser insultado y despreciado por sus colegas. Esto, entre otros muchos personajes de la trama. La cinta muestra a Clift con toda su vulnerabilidad. El joven oficial toca la corneta (y el actor aprendió a hacerlo en la vida real dado su profesionalismo). Prewitt se enamora de una prostituta y, a pesar de todo, desea hacerla su mujer. Todo se detiene ante el ataque a Pearl Harbor. Clift ofreció una de sus mejores actuaciones.

 

Es terriblemente triste eso de que

el talento dure más que la belleza

Oscar Wilde


        En 1956 comienza a filmar El árbol de la vida (Raintree Country, 1957, Edward Dmytryk) basada en otra novela exitosa acerca del romance entre un joven profesor/poeta norteño que se enamora de la joven sureña equivocada, justo antes de la Guerra Civil. Durante la filmación de la cinta, Monty sufre un accidente automovilístico, debido a su alcoholismo, que le deja media cara paralizada, además de ciertas cicatrices. A pesar del tratamiento médico, Monty ya no quedará igual. Volverá a la filmación que había quedado trunca para que la cinta se convierta en objeto de morbosidad para el público: ¿en cuáles secuencias aparece el Montgomery de antes?, ¿en cuáles está el posterior del accidente? Son claramente notorias. El bello rostro de Montgomery Clift es ahora la representación del mitológico Jano con sus dos caras: la del pasado y la que permanecerá para el futuro: la cinta lo muestra de pronto bello, perfecto, para que de repente, se alterne con la nueva realidad. Fue una terrible jugarreta del Destino que le arrebató su belleza antes de que el tiempo se ocupara de ello. Uno de sus profesores comentó que a partir de ahí Monty inició el proceso de lo que sería un largo suicidio.


        Cuando pensaba que ya no volvería a filmar, Montgomery Clift continuará siendo requerido para filmar otras ocho películas entre 1958 hasta el año de su muerte. Ya había entrado a cierta madurez (38 años de edad) y ahora era el galán maduro, pero sin el atractivo inicial de su hermosura, ahora transformada por la rigidez, las cicatrices, los labios marcados. Las películas que filma son, en el orden cronológico:

 

Corazones sin destino (Lonelyhearts, 1958, Vincent J. Donehue)

Los dioses vencidos (The Young Lions, 1958, Edward Dmytryk)

De repente en el verano (Suddenly Last Summer, 1959, Joseph L. Mankiewicz)

Río salvaje (Wild River, 1960, Elia Kazan)

Los inadaptados (The Misfits, 1961, John Huston)

Juicio en Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961, Stanley Kramer)

Pasiones secretas (Freud), 1962, John Huston)

El desertor (L’espion), 1966, Raoul Levy)

 

        Entre ellas, todas destacan por la presencia de Monty y son cintas en proceso permanente de revaloración. Las cintas de Huston presentan dos aspectos radicales: el vaquero avejentado y sumiso contra el gran profesional de la psicología. La cinta de Mankiewicz es una inquietante traducción fílmica, espléndidamente visual, de una pieza corta perversa y extrema de Tennessee Williams donde Monty se acompañó de su querida Liz Taylor y de la eximia Katharine Hepburn quien se tornó su ángel protector ante las exigencias crueles del director. La cinta de Donehue es otro traspaso a la escena de una novela de Nathanael West acerca de los excesos indirectos de los medios impresos que llevan a la desinformación, la tragedia, las falsas esperanzas. La cinta de Kazan habla de tradición contra progreso: una imagen sobre la Norteamérica que iba quedando atrás en cuanto a su gente, la ignorancia, el amor al terruño. La cinta de Dmytryk era otra versión de novela popular que trataba el tema del antisemitismo propiciado por la guerra, tal como era explicado en los procesos criminales en el juicio de Nuremberg, acorde con la cinta de Kramer donde Clift apareció en una actuación especial como víctima de las atrocidades médicas cometidas contra los internos de campos de concentración. Al final he dejado la cinta de Levy: bastante accidentada, realizada más como tributo al actor por los jóvenes franceses, donde Monty interpreta a un médico norteamericano presionado por la CIA para que apoye en la deserción de un científico ruso desde la Alemania del Este. La cinta es elemental y carece de cualidades que encontramos en otras cintas. No obstante, fue su testamento, y simplemente por eso hay que considerarla. Monty murió dos meses después de terminar su rodaje.


La belleza perece en la vida,

pero es inmortal en el arte

Leonardo Da Vinci 


        Montgomery Clift falleció de un ataque cardíaco en julio de 1966. Tenía 45 años. Su sirviente le encontró desnudo en su cama. Este ha sido un recuento rápido, e injusto, incompleto, de su carrera fílmica. En 18 años filmó apenas 17 películas, todas ellas accesibles de alguna u otra manera por medios digitales o plataformas. Trabajó para los directores más significativos de su era. Todas sus cintas son importantes por diversos motivos, principalmente por su presencia. El mejor ejemplo del antes y después de la belleza física, donde el talento siempre estuvo presente. Había que recordarlo. ¡Hay que recordarlo!