TANTA BELLEZA CRUEL:
MONTGOMERY CLIFT
Que me perdonen todos este lujo,
este tremendo lujo de ir hallando
tanta belleza en tierra, mar y cielo,
tanta belleza devorada a solas,
tanta belleza cruel, tanta belleza.
Ángela Figuera Aymerich
Uno de los rostros masculinos más
hermosos del cine norteamericano perteneció a Montgomery Clift (1920 – 1966). Ese fue el atractivo principal para
llamar la atención y luego demostrar que esencialmente era un buen actor y no
una simple cara bonita más. Este 17 de octubre de 2020 se cumple el centenario
de su nacimiento y es importante recordarlo ya que paulatinamente se están
perdiendo diversas personalidades en la memoria colectiva. Así como las grandes
presencias del cine silente se tornaron polvo ante el advenimiento del sonoro,
ya estamos en el borde del precipicio ante el imperio digital. De nada sirve
que sus películas sean más fáciles de conseguir: a la mayoría de quienes
pertenecen a las nuevas generaciones no les importa. Solamente existe el tiempo
presente (algo que es muy cierto) pero éste se prefiere a revivir las
experiencias del pasado (al menos del lejano) y estar siempre a la expectativa
de lo que vendrá.

Montgomery Clift nació en Omaha,
Nebraska, cuatro años antes de que Marlon Brando le siguiera en el mismo punto
geográfico del mundo. Es curiosa la coincidencia: dos actores talentosos,
simbólicos para cierta era del cine norteamericano (de donde se tornaron
universales), comparten lugar de origen. Cada uno en su estilo cimbró al cine
con su presencia, su actitud y su atractivo físico (Clift era esbelto, velludo;
Brando, musculoso, lampiño). Nació dentro de una familia con medios decorosos:
su madre, diletante, lo llevó junto con sus hermanos a Europa. Fue por esos
rumbos donde descubrió al teatro y surgieron los deseos por participar. Aparte
era un niño con rasgos delicados y perfectos por lo que inició una carrera
pública como modelo.

En el teatro tuvo grandes ventajas: actuar
al lado de la pareja de Alfred Lunt y Lynn Fontane, leyendas de la escena, o
con Fredric March, entre otros. Aparte, participó en obras de Thornton Wilder o
Lillian Hellman. Hasta hizo teatro musical en una comedia de Cole Porter. La
oportunidad de viajar a Hollywood le llegó temprano pero desistió. Pensó que
era importante madurar y adquirir mayor experiencia. Era uno de los galanes
jóvenes, talentosos, del Broadway dorado en los años cuarenta. En 1946 aceptó
la oferta de la MGM para ir a la Meca del cine. Era un contrato de seis meses,
algo que Clift deseaba para no sentirse esclavizado y tener la libertad de
retornar a sus valorados escenarios.
La belleza, como el dolor, hace sufrir
Thomas Mann
La primera oportunidad llegó bajo las
órdenes del legendario Howard Hawks en Río
rojo (Red River, 1948), cinta del oeste donde aparecía como hijo adoptivo
de Tom Dunson (John Wayne), en la época salvaje de asentamientos de tierra y
lucha contra los indios. Cuando Dunson lo encuentra solitario, desde niño,
luego de que su familia ha sido muerta, lo toma bajo su cuidado. Con el paso de
los años ambos hombres se enfrentarán con la toma de decisiones en una travesía
extrema de traslado de ganado. La cinta impacta por sus personajes, pero la
presencia del debutante Clift no pasó desapercibida. Sin embargo, la siguiente
cinta del joven actor La búsqueda (The
Search, 1948, Fred Zinneman) donde interpreta a un soldado en la Alemania
destrozada que ayuda a un niño a localizar a su madre, se estrenó antes. Ambas
películas fueron la revelación de un actor sensible y carismático.

La
heredera (The Heiress, 1949, William Wyler) fue el tercer gran éxito
consecutivo con su público. Como Morris Townsend, un vividor joven y extremadamente
atractivo, conquista a la fea y desangelada Catherine Sloper (Olivia de
Havilland, quien ganó su segundo premio Óscar como mejor actriz), hija de un
médico acaudalado. El padre, consciente de la falta de gracia de Catherine, los
confronta. Ella lo odia por revelarle su desamor y Morris aparenta ser
humillado al acusársele de interesado. Cuando Catherine le pide que escapen
juntos aunque sea desheredada, Morris la abandona para volver años más tarde e
intentar reconquistarla. La cinta es apasionante. Uno acepta la ilusión de que
Catherine, quien jamás imaginó tener a un pretendiente con ese aspecto físico,
tuviera esa suerte; a Morris no se le detesta cuando se torna aparente villano
porque despierta el sentimiento protector gracias a su encanto viperino: “no
hay cielo sin nubes, ni paraíso sin serpiente”. Se encuentra el subtexto de una
compra venta: Catherine está dispuesta a dejarse aplastar por momentos de
felicidad; Morris se torna en objeto sexual que sabe valorarse, ponerse precio.
Al padre de Catherine le interesa la felicidad de su hija, sola, sin
sufrimientos, sin importarle que ella aspira a cierto fuego en su apagada
existencia. Clift se torna en obvio, evidente, símbolo del deseo.

Posteriormente Montgomery filma Sucedió en Berlín (The Big Lift, 1950,
George Seaton), una historia acerca de dos militares en el Berlín destruido
de posguerra que llevan alimentos y requerimientos a la población cuando los
rusos bloquean ciertas entradas en el sector. Conocen a sendas mujeres que les
dan diversas perspectivas de vida. La cinta volvió a llevar a Monty (como se le
apodó) a la Europa devastada con otro tema edificante aunque sin gran éxito. Al
año siguiente tuvo una de sus grandes oportunidades: Ambiciones que matan (A Place in the Sun, 1951, George Stevens) interpretando
a George Eastman, un hombre pobre que llega a la ciudad para obtener el trabajo
en la fábrica de un rico tío lejano que lo trata como a cualquiera diciéndole
que deberá empezar desde abajo. Ahí conoce a la obrera Alice (Shelley Winters)
con la cual tiene relaciones sexuales y la embaraza. George conoce a la
millonaria Ángela (Elizabeth Taylor) de la cual se enamora y es correspondido.
Decide deshacerse de Alice, pero cuando planea asesinarla ahogándola en un
lago, desiste. Sin embargo, la misma Alice hace que el bote donde van se
tambalee, pierde pisada, cae al agua y muere. A pesar de su testimonio donde
confiesa sus planes iniciales y el subsiguiente accidente, es condenado a
muerte. Hay una secuencia bellísima donde George y Ángela se declaran su amor:
un gran acercamiento a sus rostros, con edición alterna entre ellos, ha quedado
como ejemplo de la buena narración fílmica. Ahí conoció a Taylor quien se tornó
en su gran amiga. En Ambiciones que matan, Clift reinterpreta a Morris
Townsend de La heredera, aunque ahora en otro nivel: el objeto de su
amor es otra hija de familia acomodada, quien recibirá en algún momento de la
vida una gran fortuna. Aquí ambos son bellos, pero el paraíso posible mantiene
a su serpiente: en su debilidad, la belleza ha caído en el crimen, los
obstáculos deberán derribarse, hay que destruir para salir avante. El hecho no
puede quedar impune, la moral se impone y no podrá consumarse la unión
idealizada.

Dos años más tarde se estrenan tres
películas que filmó al hilo: Mi secreto
me condena (I Confess, 1953, Alfred Hitchcock) donde interpreta a un
sacerdote (ofreciendo otra imagen del deseo para quienes lo idolatraban) que es
sospechoso de un crimen sin poder declarar la verdad ya que el verdadero
asesino le ha confesado, bajo secreto inviolable, su homicidio. Indiscreción de una esposa (Indiscretion of
an American Wife, 1953, Vittorio de Sica) donde interpreta al amante
italiano de una norteamericana cuya relación ya no puede continuar. Y
finalmente De aquí a la eternidad (From
Here to Eternity, 1953, Fred Zinneman) donde alcanzó otro de sus puntos
altos. Basada en una popular novela, audaz para su tiempo, se narraban varias
situaciones entre los miembros de una compañía militar: el joven Prewitt, o sea
Monty, quien había sido campeón lígero de boxeo y al ser trasladado se espera
que sea el representante de dicho deporte para la compañía. El joven se niega,
debido a una mala experiencia del pasado, y comienza a ser insultado y
despreciado por sus colegas. Esto, entre otros muchos personajes de la trama.
La cinta muestra a Clift con toda su vulnerabilidad. El joven oficial toca la
corneta (y el actor aprendió a hacerlo en la vida real dado su profesionalismo).
Prewitt se enamora de una prostituta y, a pesar de todo, desea hacerla su
mujer. Todo se detiene ante el ataque a Pearl Harbor. Clift ofreció una de sus
mejores actuaciones.
Es terriblemente triste eso de que
el talento dure más que la belleza
Oscar Wilde

En 1956 comienza a filmar El árbol de la vida (Raintree Country, 1957,
Edward Dmytryk) basada en otra novela exitosa acerca del romance entre un
joven profesor/poeta norteño que se enamora de la joven sureña equivocada,
justo antes de la Guerra Civil. Durante la filmación de la cinta, Monty sufre
un accidente automovilístico, debido a su alcoholismo, que le deja media cara
paralizada, además de ciertas cicatrices. A pesar del tratamiento médico, Monty
ya no quedará igual. Volverá a la filmación que había quedado trunca para que
la cinta se convierta en objeto de morbosidad para el público: ¿en cuáles
secuencias aparece el Montgomery de antes?, ¿en cuáles está el posterior del
accidente? Son claramente notorias. El bello rostro de Montgomery Clift es
ahora la representación del mitológico Jano con sus dos caras: la del pasado y
la que permanecerá para el futuro: la cinta lo muestra de pronto bello,
perfecto, para que de repente, se alterne con la nueva realidad. Fue una
terrible jugarreta del Destino que le arrebató su belleza antes de que el
tiempo se ocupara de ello. Uno de sus profesores comentó que a partir de ahí
Monty inició el proceso de lo que sería un largo suicidio.

Cuando pensaba que ya no volvería a
filmar, Montgomery Clift continuará siendo requerido para filmar otras ocho
películas entre 1958 hasta el año de su muerte. Ya había entrado a cierta
madurez (38 años de edad) y ahora era el galán maduro, pero sin el atractivo
inicial de su hermosura, ahora transformada por la rigidez, las cicatrices, los
labios marcados. Las películas que filma son, en el orden cronológico:
Corazones sin destino (Lonelyhearts, 1958, Vincent J. Donehue)
Los dioses vencidos (The Young Lions, 1958, Edward Dmytryk)
De repente en el verano (Suddenly Last Summer, 1959, Joseph L. Mankiewicz)
Río salvaje (Wild River, 1960, Elia Kazan)
Los inadaptados (The Misfits, 1961, John Huston)
Juicio en Nuremberg (Judgment at Nuremberg, 1961, Stanley Kramer)
Pasiones secretas (Freud), 1962, John Huston)
El desertor (L’espion), 1966, Raoul Levy)
Entre ellas, todas destacan por la
presencia de Monty y son cintas en proceso permanente de revaloración. Las
cintas de Huston presentan dos aspectos radicales: el vaquero avejentado y sumiso
contra el gran profesional de la psicología. La cinta de Mankiewicz es una
inquietante traducción fílmica, espléndidamente visual, de una pieza corta
perversa y extrema de Tennessee Williams donde Monty se acompañó de su querida
Liz Taylor y de la eximia Katharine Hepburn quien se tornó su ángel protector
ante las exigencias crueles del director. La cinta de Donehue es otro traspaso
a la escena de una novela de Nathanael West acerca de los excesos indirectos de
los medios impresos que llevan a la desinformación, la tragedia, las falsas esperanzas.
La cinta de Kazan habla de tradición contra progreso: una imagen sobre la
Norteamérica que iba quedando atrás en cuanto a su gente, la ignorancia, el
amor al terruño. La cinta de Dmytryk era otra versión de novela popular que
trataba el tema del antisemitismo propiciado por la guerra, tal como era
explicado en los procesos criminales en el juicio de Nuremberg, acorde con la
cinta de Kramer donde Clift apareció en una actuación especial como víctima de
las atrocidades médicas cometidas contra los internos de campos de concentración.
Al final he dejado la cinta de Levy: bastante accidentada, realizada más como
tributo al actor por los jóvenes franceses, donde Monty interpreta a un médico
norteamericano presionado por la CIA para que apoye en la deserción de un
científico ruso desde la Alemania del Este. La cinta es elemental y carece de
cualidades que encontramos en otras cintas. No obstante, fue su testamento, y
simplemente por eso hay que considerarla. Monty murió dos meses después de
terminar su rodaje.
La belleza perece en la vida,
pero es inmortal en el arte
Leonardo Da Vinci
Montgomery Clift falleció de un ataque
cardíaco en julio de 1966. Tenía 45 años. Su sirviente le encontró desnudo en
su cama. Este ha sido un recuento rápido, e injusto, incompleto, de su carrera
fílmica. En 18 años filmó apenas 17 películas, todas ellas accesibles de alguna
u otra manera por medios digitales o plataformas. Trabajó para los directores
más significativos de su era. Todas sus cintas son importantes por diversos
motivos, principalmente por su presencia. El mejor ejemplo del antes y después
de la belleza física, donde el talento siempre estuvo presente. Había que
recordarlo. ¡Hay que recordarlo!