jueves, 27 de diciembre de 2018

ANIVERSARIOS MEXICANOS (1)


1919: CIEN AÑOS



         A partir de 1916, cuando se filmó el primer largometraje de ficción en la capital (La luz) y otro en Yucatán (1810 ¡o los libertadores!), se empezó a ver al cine como experimento pero más bien se quería que fuera negocio. Solamente en 1917 se filmaron 14 largometrajes para luego bajar a 5 en 1918 y volver a subir a 12 en 1919, aunque no todas se estrenarían y, por lo tanto, se perderían como la mayoría de las producciones silentes. En 1918 el gran éxito fue Santa, pero en 1919 se filmó, aunque se estrenó hasta el 11 de diciembre, ya a final de año, El automóvil gris, producida y dirigida por Enrique Rosas con el apoyo de Joaquín Coss y Juan Canals de Homs, directores artísticos y actores en la trama. La película fue en realidad una serie en 12 episodios que luego, hacia 1933 sería sonorizada de manera muy primitiva, dejándola en casi dos horas de duración, pero permitiendo su preservación, quedando como documento de época y escaso ejemplo de lo que fue nuestro cine mudo.

         La cinta narra los robos y asesinatos perpetrados por la famosa banda que utilizaba dicho auto como vehículo de transportación y escape. Al ser capturados algunos de sus integrantes, se les mandó fusilar y este hecho fue filmado para luego ser integrado a esta película incrementando por lo tanto su valor documental. La famosa banda fue mencionada en Las abandonadas (Emilio Fernández, 1944) al hacer que el General interpretado por Pedro Armendáriz fuera uno de los cabecillas (ya que según rumores, el candidato presidencial Pablo González fue el jefe y cerebro de los delincuentes en la banda real). La película fue taquillera pero su realizador moriría prematuramente en 1920 (a los 45 años de edad), dejando una dinastía que se haría productiva y legendaria en el cine sonoro (Producciones Rosas Priego), quedando como uno de los padres del cine mexicano.

         Las otras películas de 1919 fueron también estrenadas hasta el siguiente año pero varias de ellas producidas, extrañamente, por la Defensa Nacional para alabar los valores del país, no salieron a la luz pública. Destacaron La llaga dirigida por Luis G. Peredo con la intención de repetir el éxito de Santa ya que estaba basada en otra novela de Federico Gamboa y la interpretaba también Elena Sánchez Valenzuela. Una película exitosa fue Viaje redondo (José Manuel Ramos) que narraba las peripecias de un ranchero en la gran capital para dar paso a lo que será un género exitosísimo en el cine sonoro, o sea la comedia ranchera. En esta película debutaron dos cómicos del teatro frívolo Leopoldo (Cuatezón) Beristáin quien solamente filmaría otras cuatro películas en el cine sonoro, pero también alguien que sería icónico hasta su muerte, o sea, Joaquín Pardavé. También hay que mencionar que se filmó La banda del automóvil (Ernesto Vollrath) para explotar el tema, aunque no tenía nada que ver con la realidad que posteriormente emularía la producción de Rosas. 

         En 1919 comenzaron algunas acciones incipientes de censura promovidas por el propio presidente Carranza en cuanto a las imágenes denigrantes que las producciones norteamericanas mostraban de México. Igualmente se empezó a regular la exhibición estableciendo impuestos a las salas cinematográficas. La producción nacional era escasa pero el cinematógrafo ya había prendido a muchos espectadores con el exceso de cine extranjero. Ya habían comentarios y críticas entre quienes veían otra expresión artística a lo que inició como un juguete científico propio de finales del siglo XIX. Ahora nos inundan títulos y hay más películas que tiempo disponible para disfrutarlas.

domingo, 4 de noviembre de 2018

CUATRO VECES QUINCEAÑERA


QUINCEAÑERA
1958. Dir. Alfredo B. Crevenna.



            En el sexenio de Ruiz Cortines (1952 – 1958) sucedió un hecho que se esperaba: el agotamiento del cine de rumberas. El melodrama sufrió un giro que se centraría, con mayor insistencia, en la familia con sus tribulaciones, más aún cuando en el verano de 1956 llegó Rebelde sin causa (Nicholas Ray, 1955) a las pantallas nacionales, que daría lugar a un cambio en la actitud y mentalidad de la juventud, o sea de los hijos de esas familias. Hasta ese momento, los jóvenes del cine mexicano se mostraban como seres recién salidos de la niñez, inofensivos, con sus pasiones normales, como los “mamboleros”  o rivales amorosos de Una calle entre tú y yo (Roberto Rodríguez, 1952), [salvo la honrosa excepción y cruel realidad que se atrevió a presentar Buñuel en Los olvidados, aunque dentro de la clase social baja, y en el sexenio previo]. Como extremo estaban los que llegaban, en algunos casos, a la relación sexual fuera de matrimonio (Y mañana serán mujeres, Galindo, 1954) o los usuales delincuentes debido a las malas compañías (Padre nuestro, Gómez Muriel, 1953).


            La rebeldía llegada del extranjero propició que empezara a proliferar el cine juvenil, con mensaje moralista, al estilo de Juventud desenfrenada (Díaz Morales, 1956), Las cosas prohibidas (Díaz Morales, 1958) o La edad de la tentación (Galindo, 1958), entre otras. Y dentro de este subgénero, debían estar los melodramas familiares donde los padres eran culpables de dicha rebeldía al no atender a sus hijos. Ya fuera por la riqueza que daba lugar a infidelidades o actividades sociales, por fanatismos religiosos o drásticas prohibiciones, por la falta de diálogo sobre todo en cuestiones sexuales. Y sería por la identificación o la fantasía, pero estas películas tuvieron mucho éxito y seguirían filmándose hasta los primeros años sesenta cuando ocurriría otra división exitosa del género al iniciarse las cintas con ídolos de la canción juvenil transformados en estrellas de cine.


            El rechazo crítico al cine nacional había sido general desde los primeros años del cine sonoro. Fue al iniciar la década de los sesenta, cuando se conformó un grupo de jóvenes intelectuales que alimentaban su pensamiento y conocimiento gracias a la lectura de publicaciones francesas, británicas o norteamericanas, o debían su bagaje crítico a las experiencias en el extranjero, las quejas contra lo que se consideraba el estancamiento del cine mexicano se volvió extremo. El acercamiento al cine europeo que se había transformado y deslumbraba a todo espectador que podía disfrutarlo, ya fuera por la Nueva Ola Francesa, los realizadores italianos, los jóvenes rebeldes británicos, aparte de los nuevos directores surgidos de la televisión norteamericana para pasar al cine de Hollywood, era motivo suficiente para que se pidiera un cine nacional más universal, cercano a la realidad, menos “moralista”.


            La creación de la revista Nuevo Cine en abril de 1961, permitió que esos jóvenes intelectuales tuvieran un medio para expresar sus inquietudes y buscar desde esa tribuna el entendimiento de productores y autoridades para lograr un cambio. Uno de los artículos en el primer número de dicha revista fue Moral sexual y moraleja en el cine mexicano, por Salvador Elizondo, quien se volvería escritor de fama y prestigio en las letras mexicanas, el cual, además, paradójicamente era hijo del productor del cual había heredado el nombre, creador de muchas cintas que formaban parte de esa industria que motivaba sus inconformidades.


            En su artículo menciona lo siguiente: El cine mexicano, salvo algunas bellas excepciones, ha sido desde sus orígenes, y con un irritante recrudecimiento en los últimos años, un cine de moraleja, y lo que es peor, un cine de moraleja condenatoria. […] Cuando la moral condena está generalizando, está haciendo moraleja, es, en ese momento, inefectiva. Posteriormente categoriza al cine nacional en películas de prostitución profesional, de prostitución conyugal, con contenido erótico y, en caso muy particular, el cine de Luis Buñuel. Lo que Elizondo considera el cine de prostitución conyugal lo define como películas que pretenden salvaguardar los “valores” del matrimonio convencional y que han encontrado una amplia acogida entre la clase media, que se siente plenamente identificada con sus personajes ficticios. Elizondo iba contra toda una tradición de la sociedad mexicana. Las películas eran taquilleras: Los hijos del divorcio (De la Serna, 1957) o Mis padres se divorcian (Soler, 1957), por mencionar unas cuantas.



            Más adelante, Elizondo prosigue mencionando a la película Quinceañera (Alfredo B. Crevenna, 1958) como “museo de los horrores donde se trata uno de los momentos más abominables en la vida de las mujeres mexicanas: el baile de quince años”. Esta película se había estrenado en el verano de 1960 causando sensación y tornándose en uno de los grandes éxitos taquilleros de ese año, a nivel nacional. Le habían antecedido dos cintas de Emilio Gómez Muriel ¿Con quién andan nuestras hijas? (1955) y El caso de una adolescente (1957) entre otros melodramas (que son los que menciona Elizondo en su escrito), donde se trataban otros temas de muchachas jóvenes atrapadas por sus pasiones pero que eran salvadas a tiempo, de un negro destino, por su familia.


            Pues Quinceañera cumplió el mes pasado sesenta años de haber sido filmada y sigue siendo exhibida para beneplácito de viejos espectadores y descubrimiento de quienes, jóvenes, gustan del cine mexicano. El argumento de Jorge Durán Chávez y Edmundo Báez volvió a tener otra vida en 1987 al ser adaptada para la época, y con cambios, para telenovela, también exitosísima, lanzando al estrellato a la cantante Thalía y consolidando a Adela Noriega, pero esa es otra historia. Centrémonos en la película.


            ¿A qué se debió el gran éxito de la película? No olvidemos el contexto en que fue filmada. Todavía se consideraba la tradición familiar por excelencia: era la “debutante en sociedad” para las clases altas: cuando sus hijas ya habían terminado la secundaria, ya estaban listas para iniciar un noviazgo con algún joven que era buen “partido” por apellido o riquezas, o continuar sus estudios. En el caso de la clase media o baja, era la celebración de que la niña ahora era “señorita” y entraba a otra fase de vida porque ya podría casarse y tener hijos, o como alternativa los estudios en institutos comerciales, y las más ambiciosas, una carrera universitaria. Er una tradición que venía desde los antiguos indígenas y que se realizaba en la mayoría de América Latina. Las cosas no han cambiado, si acaso es la forma en que se realiza, menos conservadora y más como fiesta juvenil, tomando en cuenta que el contexto y el mundo sí han evolucionado. Por lo tanto, lo narrado en Quinceañera era tema sensible para los espectadores del cine mexicano que, todavía en esos años, podía verse en salas importantes de estreno, con campañas publicitarias importantes: Genaro Saúl Reyes me regaló una copia de la “invitación” que se entregaba al posible público para asistir a los "quince años" de la exhibición.


            Quinceañera inicia con la graduación de la secundaria de tres amigas que van a dejar el colegio donde estuvieron internadas: cada una perteneciente a distinta clase social: Beatriz (Martha Mijares) es de familia acaudalada, muy seria, formal, admiradora de su padre; Leonor (Tere Velázquez) es clase media, coqueta, a la moda dentro de sus posibilidades; María Antonia (Maricruz Olivier) es pobre e inteligente por lo que pudo estudiar en ese colegio gracias a una beca, sin embargo es consciente de su situación de vida. Casualmente, las tres han nacido en la misma fecha y ya se acercan sus quince años. Como todas las muchachas que llegan a la edad de las ilusiones, sueñan con su baile. Leonor invita a todas las compañeras a la capilla del colegio donde se celebrará la misa de acción de gracias de las tres.


            Beatriz extraña la presencia de su padre que se encuentra, según su madre, en viaje de negocios. Más adelante nos enteraremos de que en realidad están separados y en proceso de divorcio porque el hombre está infatuado con una rubia. La madre no quiere que Beatriz lo sepa sino hasta después de la fiesta para no arruinarle el momento a su hija. Leonor tiene una madre con ínfulas sociales que siempre está haciendo referencia de su familia aristocrática de San Luis Potosí y fuerza a su marido, cajero de banco, a conseguir el dinero para pagar salón caro, música, banquete, vestido. María Antonia, a la cual no le gusta que le sigan llamando Toña, sueña con la celebración aunque está consciente de que su familia no puede costearla, aunque sus padres están dispuestos al sacrificio. En los tres casos son hijas únicas por lo que la relevancia de festejar los quince años es medular y prioritaria.

            Cada una de las muchachas tiene su interés romántico: a Beatriz la corteja Federico, abogado y empleado en la oficina de su padre, por lo que cumple los requisitos sociales: atractivo, de posición. Leonor tiene como pretendiente a Pancho, estudiante de ingeniería eléctrica que trabaja en un taller pero quien es rechazado por la madre (“lo importante en la mujer es casarse bien”) ya que lo considera un “mequetrefe pobretón”. A María Antonia le gusta Sergio, primo de Beatriz, quien también la busca, pero provoca desconfianza y malestar en la muchacha, a pesar de que el estudiante de medicina tiene buenas intenciones hacia la inteligente compañera de su prima.


            Debe intervenir el factor melodramático del destino que se interpone en la felicidad de las muchachas: el caso más extremo es el de la pobre María Antonia ya que el dinero conseguido por horas extras de trabajo del padre, el remiendo de ropa ajena por la madre, además del empeño de algunas prendas, se lo roban a hija y madre mientras ven aparadores para la compra del ajuar de la quinceañera. Por su lado, el padre de Leonor roba los cinco mil pesos faltantes para el pago del salón ante la negativa del banco para anticiparle su gratificación anual y la policía llega a detenerlo luego de la misa de su hija. Beatriz se entera del engaño de sus padres, se encierra en su cuarto y hasta decide tirarse por una ventana, algo que no ocurre porque en ese momento su padre ha vuelto, al comprender que su amante simplemente estaba interesada en su dinero.

            Finalmente, las tres chicas tienen su fiesta: Beatriz con su padre vuelto al hogar. Leonor con sus padres porque Pancho pagó, con sus ahorros, el dinero robado que le dio la libertad al ladrón por necesidad. María Antonia recibe el regalo de sus vecinos y amigos al llegar a su casa y encontrar un festejo donde hay comida, marimba, el vestido que le ha regalado Beatriz, así como Sergio quien arriba para bailar con ella. Las últimas secuencias son de las tres bailando el vals Emperador de Strauss, tradicional para estas fiestas, en su tiempo (y que según se cuenta, fue introducido en los tiempos de Maximiliano y Carlota).

            Luego de esta larga descripción argumental, uno puede notar los elementos sentimentales de la trama, propios de folletín, de radionovela, que encuentran eco en el espectador. El chantaje emocional se antepone desde el momento en que nos enteramos de las tribulaciones que esperan a las protagonistas, aunque ellas no las conozcan todavía. Un guion bien elaborado a partir de un plan argumental que consideró todas las variables necesarias para hipnotizar a su público, no especializado, no fanático, no discriminador: simplemente el que deseaba verse transportado a una realidad ficticia que, sin embargo, estaba cercana a la suya propia: una tradición, la falta de dinero, los ricos inconsecuentes, la madre altanera, el joven admirable. La base del melodrama puro y original, alejado de ese “museo de los horrores” expresado como pose intelectual y rebelde.


            Hay un trío de secuencias oníricas donde las muchachas sueñan con la fiesta que tendrán: Beatriz es muy formal, bailando perfectamente con su padre para luego pasar a los brazos de Federico. Leonor, por su parte, coqueta al fin y al cabo, sueña que hay varios chambelanes para luego terminar con Pancho. María Antonia se imagina sola, con su vestido cotidiano, escuchando el vals: de pronto aparece Sergio, ella sonríe y por arte de magia porta el vestido de gala e inician el baile; en una vuelta de la danza, el joven desaparece y ella retorna a la soledad inicial con su vestido discreto.


            Algo que debe destacarse y admirarse son las frases intercaladas en los diálogos: la madre de María Antonia, ante la queja de la muchacha le expresa: Perdónanos por ser tan pobres, hija. La tía solterona de Leonor le confiesa a ésta cuando dice que ha cortado con su novio: Yo también como tú, tuve un Pancho, lo rechacé por consejo de ella, mi madre me cuidó de todo mal, pero de todo bien, también… María Antonia, decepcionada ante el robo a su madre, le dice a Sergio, su rico pretendiente: No hay nada bueno en la vida y hoy la vida me lo acaba de demostrar. Adriana, la amante del padre de Beatriz es clara con sus intenciones cuando comenta con una amiga: Para mujeres como tú y yo, el amor no existe, sólo el negocio y no hay mejor negocio que el matrimonio, acompañado del divorcio, naturalmente. La madre de Beatriz le responde al marido quien piensa cubrir su ausencia con regalos: Todo pretendes arreglarlo con tu dinero ¿no te das cuenta que precisamente es lo que nos ha separado?


            Al haber sido filmada en algunas locaciones, se tienen imágenes de un Distrito Federal menos congestionado, con la expansión natural que devino en el monstruo que ahora se padece. María Antonia vive en la Unidad Habitacional Santa Fe que en 1952 fue iniciada con la idea de tornarse en una ciudad aledaña al centro citadino, alentada por el IMSS. No se especifica dónde vive Beatriz pero puede pensarse que sea por el Pedregal o San Jerónimo, espacios residenciales por esos tiempos. Hay unas imágenes por donde camina Maricruz Olivier al salir de casa de Leonor que debe ser alguna de las colonias clasemedieras de entonces como la Narvarte, Del Valle o Nápoles. Luego está el Restaurante Chantilly, que debió estar por el centro. Al inicio, aparece el anuncio de Princeton Institute como el colegio donde estudiaron las muchachas. No se identifica el banco donde trabaja el padre de Leonor pero muestran las características de otros tiempos cuando no eran necesarias las grandes vidrieras de protección y todo se realizaba a través de gigantescas máquinas calculadoras. Igualmente, hay una secuencia filmada en el Lago de Chapultepec. Esto forma parte del valor documental de la película.


            Vista ahora a sesenta años de su filmación con la perspectiva del tiempo y con la variación del espacio en que se encontraba confinada la película, se nota que el interés no disminuye: la atracción sensiblera del melodrama permanece y se puede sufrir o reír con los personajes. Aunque la tradición del quince años persiste (y hasta da lugar a exposiciones espectaculares promoviendo ventas), ya no es tan rígida ni obligatoria como en otros años: se han permutado viajes o regalos en lugar de la realización de fiesta.


            Alfredo B. Crevenna, el director de Quinceañera, seguiría adelante con estos melodramas familiares, basándose en telenovelas o explotando las fórmulas exitosas. Por tal motivo, en 1959 filmaría Gutierritos, Chicas casaderas y Senda prohibida. Al año siguiente, la esplendorosa Teresa y Azahares rojos, película denostada por su actor estelar Francisco Rabal. En 1961, aunque situada en tiempos de hacendados feudales, el melodrama Sol en llamas. Volvería de lleno al género con otra joya que puede equipararse en intención de moralidad con la cinta que estamos tratando y que marcaría, por desgracia, su decadencia en cuanto al dominio técnico, limpio y cuidadoso de su narración fílmica: Los novios de mis hijas (1964).


El tema se trató en otras películas: José Estrada, al narrar las tribulaciones del mesero Hermodio (Héctor Suárez) en Para servir a usted (1970), lo mostraba dando un servicio en un quince años. El mismo realizador mostró otra fiesta de quinceañera en un edificio de departamentos en la extraordinaria La pachanga (1981) donde la alternaba con un velorio. Curiosamente, un año después de la filmación de Quinceañera se realizó la coproducción entre Cuba y México, Cuba baila (Julio García Espinosa, 1959), filmada un año después de Quinceañera donde una madre quería celebrar los quince años de su hija ante la imposibilidad económica de su marido, empleado público: fue la primera cinta luego de la revolución castrista que quiso criticar los anhelos de la pequeña burguesía, donde la madre no queda conforme a pesar de los sacrificios realizados. Esta trama recuerda a los hechos que ocurrían al personaje de Leonor en la película que he comentado. Ningún crítico chistó ni se molestó, quizás porque era una visión “revolucionaria”.


domingo, 28 de octubre de 2018

EL PAN DE LA VIDA


LA ANCIANA INDIGNA
(La vieille dame indigne)
1965. Dir. René Allio.



         La vi en el Cine Rex seguramente en 1970, en alguna tarde de sábado o mañana de domingo. En otra ocasión, por aquí, les comenté sobre Trenes rigurosamente vigilados (Menzel, 1966) que también me tocó disfrutar en esa sala (porque al ser europea debía ser atrevida y ahí se exhibían películas “difíciles” o para adultos) y que también era de los títulos que llegaban a la Reseña de Acapulco para luego pasar a la Sala de Arte Regis, situada en el hotel del mismo nombre que se desplomó cuando ocurrió el terremoto de 1985 en la Ciudad de México. Afortunadamente, luego de buscarla por años, la pude recuperar de la manera más inesperada, pero eso ya no lo contaré aquí. El hecho es que reencontré una de las películas más significativas en mi experiencia cinefílica.

La extraordinaria Sylvie (1883 - 1970)

La anciana indigna fue una película que me impactó. Es la historia de Berthe (Sylvie), una mujer sesentona que enviuda: en lugar de dedicarse a sus hijos, pide a estos que la ayuden con lo que puedan cada mes para sostenerse. Sin embargo, la empiezan a criticar porque inicia una amistad con la mesera del restaurante cercano a su casa a la cual atacan por su ligereza y por prostituirse. Empieza a frecuentar a un impresor que se reúne por las noches con amigos de pensamiento izquierdista y toman vino. Va al cine junto con su amiga.


         De manera paralela se narra la realidad cotidiana de su hijo Albert quien trabaja como transportista de materiales de construcción y al cual ayuda su hijo Pierre, cuya voz será la narradora de los hechos. Albert tiene problemas económicos y el muchacho sueña con triunfar en la música. Es el primero que se escandaliza cuando se entera de las acciones de su anciana madre quien va a un restaurante cuando a él no le alcanza para sus deudas y cuestiones cotidianas. Pierre, por su lado, visita de vez en cuando a su abuela, coquetea con la mesera y llega a tener relaciones íntimas.

         Cuando el otro hijo, Charles, va a arreglar un asunto cercano y la llega a visitar en el momento en que Berthe está a punto de salir, la madre lo recibe cortésmente, pero cuando el hombre le propone que vayan a visitar la tumba de su padre, ella le contesta que él sabe dónde está, le indica la orientación exacta y lo deja. Para continuar con su independencia, Berthe vende todos sus objetos y muebles, dejando solamente lo necesario. Compra un auto usado para que lo manejen tanto su amiga como el impresor. Luego, apoya a este último para que se mude a otra ciudad, adquiera un local y establezca su nuevo negocio. Todo lo ha hecho hipotecando su casa. Luego, cierto día, muere.


         La cinta está basada en un hermoso cuento de Bertolt Brecht que se encuentra en su libro Historias de almanaque (Alianza Editorial) y que el realizador Allio adaptó, para su primer largometraje, llevando la acción a su época contemporánea (los años sesenta) y añadiendo las historias específicas del hijo y nieto, transformando a una joven con retraso mental en la prostituta y a un zapatero en el impresor socialista. La narración ocurre separada en pequeños capítulos que llevan los nombres no consecutivos de los meses: inicia en abril para terminar año y medio después. La actriz Sylvie tenía 82 años y tanto la vulnerabilidad como el rigor de una anciana dama. Las canciones de Jean Ferrat (On ne voit pas les temps passer) complementan y comentan sobre el sentido del tiempo que se nos va sin pensar así como la edad que llega implacable.

Emocionada con las escaleras eléctricas

         El goce de la película reside en el sentido de libertad que adquiere la anciana: la vemos visitando un gran almacén subiendo y bajando por las novedosas escaleras eléctricas que le han asombrado según notamos en su rostro. Luego se sienta en la mesa exterior de un café donde disfruta de un gran helado. Cuando su nieto le ofrece llevarla en su camioneta hasta el pueblo, ella se resiste diciéndole que tomará el autobús, pero finalmente toma un coche tirado por caballos hasta su destino. Berthe está excavando al mismo tiempo que descubriendo toda la vida que nunca pudo disfrutar.

Bertolt Brecht, gran narrador aparte del teatro

         Brecht lo describe de manera poética al final de su narración, que también se escucha en la banda sonora de la película:

Bien mirado, mi abuela vivió dos vidas, una después de otra. La primera, como hija, esposa y madre, y la segunda, sencillamente como la señora B., una persona sola sin obligaciones y con medios modestos, pero suficientes. La primera vida duró aproximadamente seis decenios; la segunda, no más de dos años.

para rematar con una frase que todos deberíamos de considerar desde siempre y hasta llegar a la tercera edad, mientras se acerca el seguro final, y que fue lo que más me impactó de esa única visión en el Cine Rex, una tarde de sábado o un domingo por la mañana, que me sirvió de aviso, consejo, lección y forma de ver, disfrutar, a la vida, hasta este día en que ya soy más viejo que la indigna dama…

Había saboreado plenamente los largos años de servidumbre y los breves años de libertad, y consumido el pan de la vida hasta las últimas migajas.

René Allio (1924 - 1995) fue un realizador
discreto pero excepcional. Posterior a la
Nueva Ola, pero mayor en edad. Pocas
películas, pero todas maravillosas...

martes, 9 de octubre de 2018

GRAN CLÁSICO DE UN CENTENARIO


EL BESO MORTAL
(Kiss Me Deadly)
1955. Dir. Robert Aldrich.



         Una mujer desnuda, descalza, cubierta solamente con una gabardina, corre por la carretera buscando alguien que se detenga para que la ayude. No le queda más que colocarse frente a un auto que alcanza a frenar antes de atropellarla. El conductor es el investigador privado Mike Hammer (Ralph Meeker), primero enojado, quien a regañadientes le permite subir para llevarla. Por la radio se escucha la noticia sobre una mujer que se ha escapado de una institución para enfermos mentales, aunque esto no impide que Hammer la ayude, haciéndola pasar como su esposa, al ser detenidos por la policía. Más adelante, un carro se interpone, los saca fuera de la carretera y sus ocupantes se llevan a la mujer para torturarla y finalmente matarla. Hammer ha sobrevivido al accidente y despierta en un hospital donde lo espera su asistente (y amante) Velda (Maxine Cooper). Ante la amenaza de su amigo, el teniente Pat, que le prohíbe meterse en este caso porque Hammer ha demostrado curiosidad por saber lo que sucedió, hace que el investigador se mezcle en una compleja telaraña de personajes sospechosos y secretos terribles que lo llevarán a un descubrimiento tétrico, que no puede revelarse para que Ud. se sorprenda.
La mujer que corre por la carretera
y desata una compleja trama criminal
         Basada en una popular novela de Mickey Spillane, autor famoso por su personaje de Mike Hammer al cual tuvo como protagonista en seis novelas (entre 1947 y 1952; luego volvería a retomarlo hasta los años setenta), la película fue adaptada con un cambio bastante radical: en lugar de narcóticos como objeto deseado en libro, se puso al día para los temas preferidos de la guerra fría y el motivo de paranoia principal para la sociedad. La novela fue muy exitosa, sobre todo porque la carga de sexo y crimen, vulgar y descriptiva, aunque inteligente, le atrajo muchos seguidores: en aquellos años cincuenta, aquí en Monterrey, se encontraban las traducciones hasta en las farmacias donde había carruseles con libros baratos (Colección Caimán a $4.50; Populibros La Prensa a $5) en ediciones rústicas, de bolsillo. En este caso se tradujo y vendía como Bésame moribunda.

Ralph Meeker, en su mejor momento,
como el cínico y astuto Mike Hammer
En cambio, la película no tuvo tanto éxito en su estreno pero fue adquiriendo valor como cinta de culto gracias a la crítica francesa y el reconocimiento, al correr de los años, de la carrera de su realizador Robert Aldrich (1918 – 1983) del cual estamos celebrando su centenario y conmemorando en diciembre próximo  su 35 aniversario luctuoso. Aparte, el guion es del eminente escritor de ascendencia turca A. I, Bezzerides (1908 – 2007), quien inicialmente renegó de la tonta trama que estaba adaptando, sin darse cuenta de que fue el ejecutor literario para que se transformara en ejemplo insigne del llamado film noir por los franceses. (Bezzerides fue adaptador de otras joyas del cine clásico norteamericano: Mercado de ladrones, 1949, Jules Dassin; Odio en el alma, 1951, Nicholas Ray; Intriga en Damasco, 1951, Curtis Bernhardt; y uno de los dramas familiares más secos y extremos sobre la familia disfuncional que haya salido de Hollywood en esa época: La huella del gato, 1954, William A. Wellman que merecerá su propio artículo).

La mujer amenazante
El beso mortal sigue los cánones del género: la atmósfera oscura y el objeto de perdición; el gran estilo narrativo que conforma vericuetos y laberintos argumentales para alcanzar el final; el personaje femenino que aparenta dulzura pero puede llegar a límites impensados; el final feliz indirecto porque la trama principal no permitirá que las cosas lleguen a un nivel optimista: habrá tristeza o decepción. La película sufrió un corte que dejaba confusión al final y así fue conocida hasta que en 1997 se restauró y añadió a las versiones en vídeo que le dan mayor coherencia y se adecuan a las costumbres narrativas del Hollywood de esos tiempos. Una gran curiosidad: fíjense en la primitiva "contestadora telefónica" que tiene Mike Hammer en su oficina.
Robert Aldrich dirige a Gaby Rodgers
Ralph Meeker en el set de la película
Por celebrar al maestro Aldrich que nos dejó grandes y memorables cintas en su carrera extraordinaria (Tal como somos, 1956; El último atardecer, 1961; ¿Qué pasó con Baby Jane?, 1962; Doce del patíbulo, 1967, por mencionar unas cuantas) y por conocer un extraordinario clásico del cine negro, no deje de acercarse a esta película que se exhibirá en la Cineteca Nuevo León el martes 23 de octubre: están avisados y advertidos.