martes, 26 de mayo de 2020

LOS BELLOS TIEMPOS


MÉXICO DE MIS RECUERDOS
1943. Dir. Juan Bustillo Oro.
         En su autobiografía Vida cinematográfica (Cineteca Nacional, 1984), el maestro, autor completo, Juan Bustillo Oro, menciona que gracias a la aceptación del productor Gregorio Walerstein, pudo cumplir su sueño de recrear una etapa del México que no le tocó (había nacido en 1904 y era niño cuando comenzó la etapa revolucionaria) pero que añoraba, según los recuerdos de su familia. Quería recuperar las coplas callejeras, los muebles, las calles, los edificios, los vestuarios de la Ciudad de México de antaño. Anteriormente había filmado En tiempos de don Porfirio (1939) que se dedicaba más que nada a la música y a cierto melodrama de amores interrumpidos y paternidades desconocidas.
Los pregoneros
La vida bohemia
         En este caso, Bustillo Oro nos presenta una comedia con los personajes característicos y románticos de una época. Don Porfirio (Antonio R. Frausto) envía un piano de gran lujo a Jesús Flores (Fernando Soler), compositor del vals “Carmen”, como agradecimiento por habérselo dedicado a su esposa. Pide a su secretario Don Susanito Peñafiel y Somellera (Joaquín Pardavé) que lleve a cabo dicha orden. Don Jesús ha cambiado su apellido por Mendieta debido a una promesa a sus tres cuñadas quienes lo han dado por muerto, gracias a su disipación luego de morir su esposa. A cambio, educarán a su hijo Pablo (Luis Aldás) quien será el heredero de su cuantiosa fortuna. Don Jesús vive como bohemio y Pablo asiste a sus tertulias sin saber que es su padre. Mientras tanto, las tías quieren casar a Pablo con Rosario (Sofía Álvarez), chica a la cual protegen, pero al joven no le interesa. Rosario se hará pasar como tiple argentina para llamar su atención. Le ayudará don Jesús quien involucrará a Susanito en el asunto. Pablo se enamorará perdidamente de esta nueva Rosario y así habrá toda una serie de confusiones y enredos.
La recreación del Teatro Principal
Las tías porfirianas
(Conchita Gentil Arcos, Mimí Derba
y María Luisa Serrano)
         Bustillo Oro logró impartirle, como siempre, un ritmo ágil a las situaciones. Hombre de letras, abogado culto, sus películas se distinguen por su verbosidad (sin que esto se mencione peyorativamente). Con experiencia como autor dramático, Bustillo Oro se expresaba a través de largos diálogos, utilizando términos elaborados, literarios, que en ocasiones, como en esta película, recuperaban formas del habla popular o específica de un tiempo. La cadencia y el tiempo utilizado entre personajes para comunicarse, escucharse, responderse, era magistral. No se sentía artificioso sin que llegara a ser el vocabulario común para los espectadores de su tiempo. A más 75 años de haber sido filmada, mantiene una vigencia absoluta.
Don Porfirio como testigo de boda:
una persona sencilla
         Aunque Bustillo Oro expresa que “no enalteció a Porfirio Díaz, sino que simplemente lo utilizó como personaje intermediario para el desarrollo de la comedia”, en realidad se estaba evocando un tiempo que la película idealiza y transmite como feliz. En tiempos de don Porfirio fue la película que mejor representó a la categoría del cine de añoranza porfiriana (aunque ya se habían filmado Perjura, 1938, de Raphael J. Sevilla o Café Concordia, 1939, de Alberto Gout) porque se centraba en (o utilizaba a) la figura del presidente (el cual, además, fue filmado por los representantes de los Lumiére, cuando el cine llegó a México). Esta categoría fue establecida por el crítico Jorge Ayala Blanco en su libro La aventura del cine mexicano (Editorial Era, 1968), quien además, consideró a Bustillo Oro como el Sacha Guitry mexicano, comparándolo con un importante cineasta francés igualmente cuidadoso en detalles, diálogos y teatralidad.
La Alameda (Fernando Soler y Sofía Álvarez)
         La película tiene una escenografía impresionante para su tiempo, diseñada y realizada por Luis Moya, al mostrar al Teatro Principal, a la fuente de Salto del Agua, además de los vestuarios y decorados precisos. El tranvía de mulitas, los pregoneros de calle, la vida bohemia (entre los amigos de don Jesús están Amado Nervo y Luis G. Urbina, por ejemplo) a la luz de las velas con el imprescindible licor, además de las melodías y canciones (valses, canciones de zarzuelas, música de organillo). El reparto no puede ser inmejorable porque están monstruos sagrados del cine mexicano (Soler, Pardavé, y entre las tías, Conchita Gentil Arcos y Mimí Derba) o galanes (Luis Aldás) y vedettes (Sofía Álvarez) populares por esos tiempos.
Don Porfirio se exilia
(Antonio R. Frausto)
         Veinte años más tarde, el propio maestro Bustillo Oro volvería a filmarla. Se repitió el fenómeno de aceptación popular ya que el público quedó fascinado con esta reinmersión en tiempos pasados. Aunque ya era otra época de la industria fílmica, Bustillo contó con buena escenografía, presupuesto, la soprano Ernestina Garfias, Fernando Soler, Joaquín Cordero y Mantequilla en los roles previos de Álvarez, Soler (quien repitió papel), Aldás y Pardavé, respectivamente. Ahora era en color. La música se adaptó hacia lo operático por la protagonista. México de mis recuerdos es un verdadero clásico del cine mexicano que conserva su frescura y gracia. Nos devuelve a un tiempo que se añora dentro de lo cotidiano (no discute el aspecto político), muestra la solemnidad de la figura presidencial (Porfirio Díaz aparece digno y contundente) y al final lo despide cuando se exilia de México (un Porfirio Díaz con lágrimas en sus ojos como aparecen en los rostros del pueblo que le brinda pleitesía), indicando que moría una etapa, y aunque no la califica, uno sabe que se refería a la felicidad, a la ingenuidad, al desarrollo, al inicio de una modernidad en todos sus aspectos. Don Susanito se presenta de una manera que resulta muy ilustrativa del espíritu de este género: “Susanito Peñafiel y Somellera, para servir a Dios, a don Porfirio y a usted”. Una hermosa e inolvidable película.
Juan Bustillo Oro (1904 - 1989)

martes, 5 de mayo de 2020

CENTENARIO PRODUCTOR

¿Qué hace falta para ser feliz?   
Un poco de cielo azul encima de nuestras cabezas,
un vientecillo tibio, la paz del espíritu.
André Maurois.
ROSS HUNTER
(1920 – 1996)
         La percepción crítica del cine ha cambiado de manera radical desde la segunda mitad del siglo veinte hasta nuestros días. La transformación de la cinefilia como se había practicado en los tiempos cuando se iba construyendo día con día gracias a la experiencia directa con la aparición de cada nueva película que permitía la reflexión, la comparación y la clasificación personal de apreciaciones y rechazos, aparte de que la televisión primitiva era una fuente inagotable de acercamiento al cine anterior fue radical. Si de pronto alguna cinta no podía verse en las salas de estreno, era angustiante para el amante del cine ya que había que esperar alguna otra oportunidad para conocerla o perderla irremediablemente. El crítico riguroso como el espectador pertinente se acercaban al fenómeno fílmico en función de su entorno y contexto. Los aspectos morales y de “decencia” que provocaban la censura, las prohibiciones y el morbo, fueron diluyéndose con el tiempo. En los años ochenta el uso del videocasete como si fuera un libro que pudiera releerse cuando se quisiera fue desarrollándose hasta ahora cuando el cine se encuentra al alcance de todos en diversas modalidades y plataformas. El conocimiento del cine ya no es sistemático y las confrontaciones son imposibles ante tantas e infinitas ofertas de títulos diversos (y de diferentes países). Un cinéfilo actual que quiera “ponerse al día” con el pasado, no tendrá ni el tiempo ni las posibilidades para lograrlo ante la enorme oferta de alternativas. Solamente quedará la selección y la especialización de temas, épocas, corrientes o temas, por mencionar algunas opciones.
Judy Canova y Ross Hunter en una escena
de La celebre aldeana (1945, Del Lord)
         El personaje del cual me ocupo en este artículo formó parte del Hollywood considerado industrial y convencional. El cine que fabricaba estrellas y sueños. Un público general aclamó sus cintas ya que satisfacían sus necesidades emocionales y sentimentales. En otros niveles, eran consideradas obras vulgares a la altura del arte “menor” (como era la historieta, la fotonovela y luego la telenovela). Si se leen las críticas hacia ellas, informadas e intelectuales del siglo pasado, se descubrirá el desprecio, los adjetivos “fallidas”, “chantajistas”, “vacías”, y hasta “anticuadas”. Las revaloraciones en estos tiempos posmodernos, donde ya no existe una discriminación categórica y la natural ausencia de sus contextos es rampante, las ha hecho verse de otra manera. Uno buscaba al cine como vía de escape y alternativa de descubrimiento. Acercarse a otras vidas y ensoñar otras realidades.   
Lana Turner, Ross Hunter y Constance Bennett
anunciando la filmación de Madame X (Lowell Rich, 1966).
Bennett falleció al término del rodaje en 1965.
         En los años cincuenta y sesenta, un nombre muy popular en el mundo de Hollywood, que no se refería a ningún actor o director, como era usual, fue el del productor Ross Hunter. A partir de sus primeras actividades en calidad de asistente o asociado para los estudios de la entonces Universal - International, demostró una gran visión para mantener los presupuestos bajos y garantizar nivel de calidad tanto por elencos como tramas. Había tenido la experiencia como actor estelar en cintas clase B de la Columbia Pictures en los años cuarenta (sobre todo al lado de la comediante y cantante Judy Canova), luego de haber servido en el ejército durante la Segunda Guerra Mundial. Al darse cuenta de que su camino no era estar frente a las cámaras, se lanzó al encuentro de oportunidades para producir en los Universal.
Ann Sheridan y Sterling Hayden 
en Mujer de fuego (Sirk, 1952)
         Entre sus primeras producciones están cintas del oeste o de aventura pero fue en 1952, al iniciar su asociación con el realizador Douglas Sirk con Mujer de fuego (Take Me to Town), otro exiliado de la Alemania nazi (cuya revaloración crítica sirvió para que se le considerara bajo otro punto de vista), que encontró la armonía y el entendimiento necesarios para llevar a buen término sus colaboraciones. Sirk tenía excelente sentido de la discreción en el tratamiento del melodrama, respetando sus características del género: la casualidad, la exageración, la ironía del destino. Hunter, por su parte, sabía lo que quería: un público satisfecho que recordara sus cintas por elementos que permanecieran indelebles, además de valores de producción “visibles en pantalla”: ropa elegante, joyas deslumbrantes, escenografías lujosas. Hunter no necesitaba de la aprobación crítica, sino de la aceptación masiva. Gracias a Sirk pudo producir, al menos, tres obras maestras.
Rock Hudson y Jane Wyman
en Sublime obsesión (Sirk, 1954)
         Sublime obsesión (Magnificent Obsession, 1954) fue el primer gran éxito taquillero de Hunter y Sirk. El productor había rescatado del olvido una vieja película de la Universal filmada en 1935 por John M. Stahl con Irene Dunne y Robert Taylor acerca del romance que surge entre un joven rico e irresponsable y una viuda cuyo marido había fallecido al no poder ser atendido para salvar la vida del primero luego de un accidente. Indirectamente se produce la ceguera de la viuda por otro accidente provocado por este mismo personaje quien, entonces, decide estudiar medicina, tornarse gran cirujano y devolverle la vista a la viuda, objeto de su amor. Ejemplo de gran melodrama en cuanto al respeto de sus claves, la película sirvió para colocar al joven Rock Hudson en el estrellato y subrayar la popularidad de la actriz Jane Wyman. A pesar del paso de los años, sigue siendo tan magnética como entonces (lo mismo que muchas de las producciones de Hunter)
Rock Hudson y Jane Wyman 
en Lo que el cielo nos da (Sirk, 1955)
         El joven creativo seguiría con otras cintas donde capitalizaría el éxito de Hudson, pero repitiría a la pareja taquillera en Lo que el cielo nos da (All That Heaven Allows, 1955), también bajo la dirección de Sirk, donde el atractivo actor es un joven jardinero que se enamora de la viuda Cary provocando que otras personas del pueblo, amigos y sus propios hijos la repudien. Este romance entre personas de generaciones separadas por la edad creó una huella importante entre muchos espectadores. Años más tarde, el realizador alemán Rainer Werner Fassbinder filmaría El miedo devora al alma (Angst essen Seele auf, 1974) donde un joven árabe, moreno y musculoso se convertía en el amante de una mujer aria, mayor en edad y con cuerpo de matrona. Por su parte, el director norteamericano Todd Haynes nos ofrecería lo que fue un gran homenaje a estas producciones de Universal, Sirk, Hunter y el Technicolor, con un toque contemporáneo, aunque sucediendo en los años cincuenta, con un jardinero, hombre de color, del cual se enamora una de sus clientas cuyo marido tiene inclinaciones homosexuales en Lejos del cielo (Far from Heaven, 2002). Ambos realizadores habían atrapado el sentido interno, de doble discurso, que los tiempos no permitían presentar directamente. Ahora lo complementaban.
El miedo devora al alma (Fassbinder, 1974)
Lejos del cielo (Todd Haynes, 2002)
Doris Day y Rock Hudson
en Secretos de alcoba (Gordon, 1959)
         Hunter cerraría la década con cintas actuadas por Sandra Dee (Frutos del pecado), Debbie Reynolds (Tammy, flor del pantano), June Allyson (Interludio, Un extraño en mis brazos), pero en 1959 produciría otros dos de sus más grandes éxitos de público y crítica: Problemas de alcoba (Pillow Talk, Michael Gordon) e Imitación de la vida (Imitation of Life, Douglas Sirk). La primera le dio un vuelco a la imagen siempre pura y virginal de Doris Day al presentarla como personaje que levantaba la pasión de Hudson, quien era un conquistador empedernido, además de comprender que poseía los encantos requeridos para atraer a los hombres. El propio Hunter mencionó que el vestuario serviría para resaltar sus cualidades corporales, con espalda desnuda o delineaciones en sus partes curvilíneas. La película ganó el Óscar como mejor guion original y le dio su única nominación como actriz a la rubia cantante.
Cuatro momentos con los personajes femeninos
de Imitación de la vida (Sirk, 1959)
         No obstante, Imitación de la vida sería otra producción aún más memorable. Hunter volvió a rescatar una vieja cinta de la Universal, también dirigida por Stahl, pero en 1934 con Claudette Colbert y Louise Beavers, en la historia de una aspirante a actriz blanca, madre soltera de una niña rubia, que iniciaba la amistad con una mujer de raza negra quien se tornaba en su sirvienta, a cambio de casa y comida para ella y su hija. mulata de piel blanca, donde se trataba el tema de la discriminación racial, aunque de manera indirecta, entre rivalidades amorosas de madre e hija por un mismo hombre. Ahora, con Lana Turner y Juanita Hall en esos roles, la película no perdía el buen gusto ni la sobriedad usual en Sirk. Aunque el tema era de controversia, con las limitaciones de los cines sureños que no aceptaban a personajes triunfales de color, la película permitía la redención y el sacrificio, propios del buen melodrama. Los créditos de la cinta tienen como fondo a diamantes que caen para llenar la pantalla y dar una idea del glamour social. Aparte de mostrar la terrible dificultad, para esos tiempos, de llevar una relación interracial plena de armonía, contiene muchos tonos ocultos, violentos, crueles, aunque en apariencia aparente trivialidad. Una de las grandes cualidades de su realizador.
Retrato en negro (Gordon, 1960)
Rica, bonita y casadera (Gordon, 1964)
La usurpadora (Miller, 1961)
Rosie (Lowell Rich, 1967)
Madame X (Lowell Rich, 1966)
Millie (Roy Hill, 1967)
         Los años sesenta no dejarían de pertenecerle a Hunter. Quince producciones que no perdieron ni dinero ni público. Fueron seis películas con Sandra Dee, a la cual volvió a reunir con Lana Turner (Retrato en negro, 1960), la tornó en sucesora de Debbie Reynolds (Tammy dime la verdad, 1961; Tammy y el doctor, 1963), aparte de tenerla como estelar en comedias diversas (Si contesta mi marido, 1962; Rica, bonita y casadera, 1964) y colocarla al lado de Rosalind Russell, semiretirada, en una de sus cintas más subestimadas (Rosie, 1967). A Lana Turner volvió a darle otro grandísimo éxito (Madame X, 1964) en la enésima versión de una popularísima obra de teatro francesa que ha sido filmada en España, México, Argentina y hasta Turquía, donde una mujer era defendida por su hijo abogado quien desconocía el parentesco. Susan Hayward apareció en otra nueva versión de otra obra de Stahl (La usurpadora, 1961). En 1962 produjo la versión fílmica de una comedia musical de Broadway (Flor de Loto) y cinco años más tarde, otra comedia musical que ahora fue creada originalmente para el cine (y años más tarde pasaría a Broadway) que aprovechaba el estrellato singular de Julie Andrews (Millie, 1967) en una trama que ocurría en los años veinte y que incluía tráfico de personas, drogas y barrio chino, con un elenco espectacular (Mary Tyler Moore, Carol Channing, Beatrice Lillie).
Tres momentos del elenco estelar
en Aeropuerto (Seaton, 1970)
         En 1970, Ross Hunter produjo Aeropuerto (George Seaton) con elenco multiestelar: Burt Lancaster, Dean Martin, Jean Seberg, Helen Hayes, entre otros. La trama, basada en un bestseller de Arthur Hailey, se tornó otro fenómeno de público. Fue nominada a diez Óscares (entre ellos el de mejor película) pero solamente se lo llevó Hayes como actriz secundaria y, seguramente, por la nostalgia. Su importancia radica en que fue la iniciadora de otro subgénero dentro de la acción y el suspenso: la película sobre grandes desastres, con muchos efectos especiales (de aquí vendrían La aventura del Poseidón, Terremoto o Infierno en la torre) que serían muy destacables y trascendentes para el cine de Hollywood. La cinta produjo una franquicia para la Universal que se alargaría por cuatro secuelas (1974, 1977 y 1979) sin ganancias para Hunter, por lo que decidió terminar sus relaciones con estos estudios y firmar contrato con la Columbia Pictures, que había sido su origen.
George Kennedy, Bobby Van, Sally Kellerman,
Liv Ullmann y Peter Finch en Horizontes perdidos (Jarrott, 1973).
         Tres años más tarde vendría el final, dentro del cine, con un grandísimo fracaso. Hunter no podía realizar cosas pequeñas, siempre debían ser grandilocuentes.  De esta manera surgió la versión musical de Horizontes perdidos (Lost Horizon, Charles Jarrott) que Frank Capra había filmado en 1937 tenía todos los elementos para triunfar: elenco de primera (Peter Finch, Liv Ullmann, Charles Boyer, entre otros), canciones de Burt Bacharach con letras de Hal David, y grandísima producción millonaria. Sin embargo, no fue del agrado de un público que por esos años ya no quería ver cintas musicales convencionales y edulcoradas. Era la generación de Jesucristo Superestrella, Contacto en Francia, El padrino, El exorcista, Serpico. Fue un gran golpe para el productor acostumbrado a estar en la constante preferencia del público y de los estudios cinematográficos. Sin embargo, vuelta a revisar a casi 50 años de su estreno, Horizontes perdidos no es el desastre que la mala taquilla afirmó en su momento. Mucho menos con su mensaje de esperanza para el mundo, aunque, desgraciadamente, no se haya mantenido en la realidad.
Ross Hunter, segundo de izquierda a derecha
y Jacques Mapes, extrema derecha, quien
fuera su pareja por más de cuatro décadas.
         Dos años más tarde, Hunter volvió a la producción, pero solamente con películas para la televisión. 4 cintas y una miniserie hasta 1979, todas con la Paramount Pictures. Y ahí fue el final. Llegó el retiro. Junto con su pareja de casi 40 años, Jacques Mapes, quien había sido su coproductor asociado desde Rosie, Hunter se dedicó a disfrutar del fruto cosechado por más de tres décadas en el medio fílmico: sus regalías y fortuna personal le permitieron vivir sin presiones hasta su muerte en 1996. Había que recordarlo en estos cien años de su nacimiento. Estas fueron películas que, en mayor o menor grado, nos marcaron como público ávido de entretenimiento, sin caer en la consideración intelectual. El cine de Hunter llenaba las fantasías femeninas en cuanto a romances, vestuarios y residencias. Al espectador masculino le ofrecía modelos de éxito. En otros casos, eran los guiños de ojos, la mirada sensible, el desbordamiento de la imaginación, el mensaje oculto. Comedia o melodrama, sobre todo. Las tramas que daban pie a situaciones humanas. Todas las películas de Ross Hunter terminaban ofreciendo esperanza y, sobre todo, mostrando la posible felicidad debida a la paz espiritual de sus personajes. Uno debe pensar que fue un hombre feliz porque compartió toda esa paz a sus satisfechos espectadores.

        

        

jueves, 9 de abril de 2020

FE Y SENTIDO DE LA VIDA

EL MANTO SAGRADO
(The Robe)
1953. Dir. Henry Koster.

Ahora bien, la fe es la garantía de lo que se espera,
la certeza de lo que no se ve.

         El tribuno Marcellus Gallio (Richard Burton) pasea por las calles de Roma cuando va a llevarse a cabo un mercado de esclavos. Llega Calígula (Jay Robinson), hijo del emperador Tiberio, a realizar una compra. En el proceso, se hacen notar las diferencias entre ellos, sobre todo cuando Marcellus ofrece una cantidad exorbitante para adquirir al griego Demetrio (Victor Mature). Por tal motivo, Calígula ordena que Marcellus viaje hasta Jerusalén para supervisar las actividades de Poncio Pilato, aunque en realidad es para exiliarlo hacia un lugar inhóspito. Al llegar a su destino, se le informa que han ocurrido varios problemas con los fanáticos de un supuesto Mesías, llamado Jesús, que recorre las ciudades con sus predicaciones. En ese momento aparece montado en un burro y es saludado con palmas. Demetrio, quien sigue a su amo, queda impresionado cuando le mira Jesús al pasar. Después de varios días en los cuales Marcellus se ha emborrachado, le mandan a ver a Pilato quien le pide que se encargue de la crucifixión de Jesús ya que ha sido un mandato popular. Demetrio es testigo del escarnio que sufre Jesús e intenta ayudarlo, pero es golpeado y dejado inconsciente. Al despertar, la crucifixión se ha llevado a cabo. Marcellus se encuentra al pie de la cruz jugándose al azar el manto que llevaba Jesús. En ese momento, Jesús expira, sobreviene una fuerte tormenta, y le cae encima la sangre del crucificado. Luego, al quitarle el manto a Demetrio, empieza a gritar hasta que el esclavo se lo quita y se le enfrenta, diciéndole que ese hombre le ha dado libertad por lo que no volverá a su lado. Demetrio parte con el manto. Marcellus queda inquieto y empieza a delirar. Convencido de que el manto fue el culpable de sus males, va en busca de su esclavo y la prenda que considera hechizada, pero en el camino va aprendiendo las enseñanzas del hombre que crucificó y adquiere la fe y el sentido de la vida.
Marcellus (Richard Burton)

ante la magnificencia de Roma
         El esplendor y derroche que se muestra en la Roma pagana, exitosa, donde las construcciones exigen que haya más esclavos que ciudadanos y que incidan todas las culturas de territorios hasta entonces conquistados, viene a contrastar con la pobreza y el desprecio de los pobladores en Jerusalén. El materialismo romano contra la esperanza de quienes han seguido las enseñanzas del Señor, además de haber sido testigos de sus milagros. El delirio de Marcellus, que no es nada más que su conciencia, se relaciona con la brujería, el hechizo. Al atestiguar Marcellus la honestidad y la paciencia de la gente en Caná, comunidad privilegiada al haber sido el lugar donde Jesús realizó su primer milagro, siente, sin preguntárselo, como mera intuición, que hay una marcada diferencia entre su vida ordinaria y lo que este hombre, su víctima, propició. Su sensibilidad empieza a alterarse, aunque luego, cuando haya necesidad de otro milagro, se convencerá por completo de su compromiso con la vida. Un posterior enfrentamiento con Calígula será la prueba definitiva. Ya no hay vuelta atrás. De hombre instintivo ha pasado a ser un hombre consciente y creyente. 

Marcellus compra al esclavo rebelde Demetrio

(Victor Mature) quien hallará la fe en Jerusalén
         De hecho, Marcellus será el protagonista absoluto. Todos los demás personajes estarán a su alrededor para servirle y será el modelo para ejemplificar el significado de la fe cristiana, y ese fue el principal objetivo del autor de la novela en que se basó la película: representar simbólicamente el inicio de una era con todas sus tribulaciones. Demetrio se convierte por una mirada, Marcellus por las acciones de un pueblo y Diana, simplemente por el amor hacia su ser querido. Y esa ha sido la base de toda religión porque se centra en una esperanza y en lo que no es palpable. De ahí que El manto sagrado sea uno de los mejores ejemplos como película de Semana Santa para cristianos y católicos principalmente. No deja de ser gran espectáculo de Hollywood, por lo que cualquier persona no religiosa puede disfrutarla desde muchos otros ángulos. De hecho, una secuela que se filmó al año siguiente Demetrio el gladiador (Demetrius and the Gladiators, Delmer Daves, 1954) utilizará la pérdida y recuperación de la fe, como tema principal.

Diana (Jean Simmons) ante la inexplicable locura de su amado

Marcellus que es, simplemente, su conciencia
Basada en una novela popularísima de Lloyd C. Douglas (1877 – 1951) publicada en 1942, bajo el título original The Robe (y en español como El manto sagrado) que llegó a vender seis millones de ejemplares en el mundo, y que había surgido de una pregunta que le había hecho alguna vez una de sus fieles a Douglas (quien fue ministro luterano hasta 1933 cuando se retiró del oficio para dedicarse por entero a la literatura) acerca del destino que tuvo el manto que llevaba Jesucristo durante su vía crucis. La novela fue comprada por el productor Frank Ross por cien mil dólares, una cantidad muy fuerte para esos años, y logró el apoyo de la RKO para que fuera dirigida por Mervyn LeRoy, luego Victor Fleming, pero nunca se llegó a un acuerdo. Durante este tiempo, el guionista Albert Maltz comenzó la adaptación de la novela, pero pasaron los años y cuando Howard Hughes se tornó jefe de la RKO, decidió no producirla. Igualmente, para esos inicios de los años cincuenta, había comenzado la cacería de comunistas por el gobierno norteamericano y Maltz fue una de las víctimas. 

Calígula (el extraordinario Jay Robinson)

disfruta condenar a Marcellus a la muerte
         Frank Ross logró convencer a Darryl F. Zanuck, jefe de la Fox para que la produjera, aunque bajo un costo elevadísimo para recuperar los derechos, ya que se pagaría casi un millón de dólares a la RKO, aunque sobre futuras utilidades de taquilla. Durante la preproducción, Zanuck compró los derechos de los lentes anamórficos del inventor francés Henri Chrétien quien los había patentado desde 1926. Con el advenimiento y gran éxito de la televisión que le robó espectadores al cine, se buscaban trucos que ofrecieran otras cualidades más allá de la pantalla casera en blanco y negro. Con estos lentes, que se bautizaron como Cinemascope, las imágenes se comprimían al filmar y se dilataban al proyectar. Zanuck decidió iniciar este tipo de producciones con El manto sagrado. En lugar de Maltz, Zanuck asignó al guionista Philip Dunne para el guion (aunque utilizó la base que había iniciado Maltz junto con Ross) y la adaptación final fue de Gina Kaus. No obstante, no se le dio crédito en pantalla a Maltz (sería hasta 2007 cuando se restauraría y así aparece en las copias que circulan para funciones en sala o en formatos diversos).

Marcellus y Diana se dirigen

hacia su ejecución por la fe
         Y finalmente, el realizador Henry Koster (1905 – 1988). Nació en Berlín, pero emigró a Francia cuando empezó a sentir las consecuencias del antisemitismo hitleriano. Llegó a Francia donde tuvo contacto con el productor Joe Pasternak quien lo envió a Hollywood para trabajar en los estudios de la Universal. Su primera película aquí fue Los tres diablillos (Three Smart Girls, 1936), donde dirigió a la joven cantante de ópera Deanna Durbin quien se tornó favorita del público y la película fue un taquillazo al grado de salvar a la Universal de la ya inminente bancarrota. Como consecuencia, Koster filmó su siguiente gran éxito Cien hombres y una muchacha (One Hundred Men and a Girl, 1937) donde Durbin alternó con Leopold Stokowski. De la Universal pasó a la MGM debido a su amistad con Pasternak quien era productor en ese estudio, pero su gran etapa vendría a finales de los años cuarenta al llegar a la Fox. Por su experiencia musical, dirigió dos comedias con Betty Grable (La calle de las tentaciones, La cigüeña se demora, 1950) y en préstamo a la Universal dirigió su cinta más alabada Harvey (1950), aunque por El manto sagrado sería nominado al Óscar como mejor director.

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martes, 24 de marzo de 2020

CAER TAN BAJO...


EL CALLEJÓN DE LAS ALMAS PERDIDAS
(Nightmare Alley)
1947. Dir. Edmund Goulding.
         En el Cine Club de la UDEM, a principios de los años ochenta, pude exhibir una excelente copia de esta película, en 16mm, que tenía el distribuidor David de la Fuente. Por la calidad de la misma, se notaba que no era un título que se exhibiera con frecuencia. Fue todo un descubrimiento: no la conocía y entrar a ese mundo pleno de engaños, falsos mentalistas, fenómenos de ferias o perversas psicólogas mostraba otra cara del cine negro que aquí en Monterrey todavía no se convertía en frase de cinéfilos. Con el paso de los años ha adquirido mayor valor. Hace poco salió la noticia de que el hiperinflado (tanto en prestigio como físico) Guillermo del Toro va a filmar otra versión. Antes de que la destroce y de que se convierta en la referencia para la generación del siglo XXI, quiero compartir alguna información sobre la original, la clásica.
Stan (Tyrone Power) trabaja como anunciador del espectáculo que Madame Zeena (Joan Blondell) ofrece como mentalista en una feria itinerante y quien está casada con el borracho Pete (Ian Keith). Cuando éste muere, Stan ocupa su lugar y aprende el código por medio del cual se comunicaba con Zeena para “adivinar” las respuestas de las preguntas del público. Quien le apoya es Molly (Colleen Gray), ayudante del hombre fuerte en otro espectáculo donde ella es la dama que transmite electricidad. Cuando ambos son descubiertos luego de haber estado juntos, deciden casarse e irse de la feria. Stan empieza a triunfar como mentalista en centros nocturnos hasta que cierta noche logra impresionar a una psicóloga, Lilith (Helen Walker), al descubrir que le hacía una pregunta falsa para denunciarlo. Gracias a ella, logra escuchar las confidencias de una viuda millonaria a la cual impresiona hablándole de su hija fallecida. Luego, atrapa en sus redes a otro millonario que lo tachaba inicialmente como farsante al hacerle creer que le materializará a su novia fallecida hace 35 años. Molly se hace pasar por ella pero, al último minuto, se arrepiente y descubre el engaño. Stan y ella deben escapar. Molly retorna a la vida de feria mientras Stan va cayendo en lo más bajo debido al alcoholismo en el cual cae. Finalmente, serán reunidos sugiriendo que habrá alguna redención.
Colleen Gray y Tyrone Power
         ¿Cómo puede un hombre caer tan bajo? se pregunta Stan al inicio de la cinta al fascinarse gracias al horrendo espectáculo del “fenómeno” de la feria que corta las cabezas de gallinas con sus dientes para beberse la sangre. Le comentan que se toma a cualquier borracho, se le paga con una botella diaria, para obligarle a efectuar el acto. Stan está convencido de que jamás llegaría hasta esa indignidad. El personaje se muestra como alguien ambicioso, sin escrúpulos para lograr lo que desea. Seduce a Zeena para tenerla bajo su control sensual. Ella, por su parte, es una veterana estrella del falso mentalismo, con todos los trucos, y el código perfeccionado con el tiempo por su marido Pete al cual engaña, pero cuida y trata de evitarle que tome en demasía. No obstante, Zeena lee las cartas del Tarot y cree en sus designios: así logra predecir el final de Pete que sobreviene cierta noche cuando Stan compra una botella de alcohol de contrabando. Al ver llegar a Pete, la esconde en un baúl, pero ahí se da cuenta de que si lo emborracha, él podrá atrapar la oportunidad para sustituirlo. Abre el baúl y toma la botella de alcohol sin darse cuenta que era otra que contenía letal metanol utilizado por Zeena, Pete muere y Stan alcanza su objetivo, aunque desconcertado porque en sus planes no estaba deshacerse del hombre. De esta manera se establece a Stan como personaje oscuro, contrastante en cuanto a su falta de límites para alcanzar sus fines pero sin la intención criminal. 
Joan Blondell y Tyrone Power
         Zeena, por su parte, establece la relación entre el fraude y el misterio. Su falsedad como mentalista es sobrepasada por los aciertos de sus cartas. No será la médium del espectáculo pero terminará siendo la pitonisa del futuro. La trama admite los presagios del destino. Molly es la sensatez. Aunque participa en el engañoso acto de su esposo, lo toma como un juego que proporciona diversión y permite ganar dinero. Sin embargo, en el momento en que empieza a tomar otro matiz que involucra la espiritualidad, el sentido religioso, empieza a dudar y hasta desea abandonar a Stan. Nunca se define bien la relación entre ella y el hombre fuerte de la feria, Bruno (Mike Mazurki), pero puede tomarse como benefactor porque nunca se menciona parentesco.
Tyrone Power y Helen Walker
         El personaje de Lilith es el más perverso. Stan descubre que en sus sesiones, la mayoría de sus clientes son personas ricas, procede a grabar, en discos, las confesiones y secretos que le revelan. Así logra establecer una alianza pérfida entre ambos que será más grave para Stan al confiarle una fuerte cantidad en efectivo, que le fue entregada por el millonario para la creación de un tabernáculo: ella se encargará de cambiar los billetes con denominaciones menores. Lilith, ya desde el nombre recuerda a la figura demoniaca de la tradición judía, es quien toma el rol de mujer dominante, aparentemente fiel y sincera, que en realidad es una serpiente oculta, para que la cinta quede redonda dentro del género negro. El callejón de las almas perdidas es un caso extremo y diferente del cine de pasiones prohibidas, crimen y castigo, hasta cierto punto. Bastante oscura, con un final feliz obligado por el código de producción entonces existente, pero que en realidad permanece ambiguo, la película es una variante en su clase al mezclar espiritualidad y bajos instintos. 
Del éxito...
...a la caída...
         Los presagios del destino: la frase con la que inicia el personaje de Stan recae en él como juego del destino. Quien jamás caería tan bajo como lo expresaba originalmente viene a ser el cobro por su falta de escrúpulos y engaños. Stan llega al grado de ser la víctima del dueño de la feria al aprovecharse de su alcoholismo. Él será el fenómeno de sus espectáculos, bebiendo la sangre de gallinas, para tener su botella cotidiana. Así como en Fenómenos (Freaks, Browning, 1932), la ambiciosa y bella Cleopatra desposaba al enano Hans para quitarle su dinero y engañarle terminando transformada en la mujer gallina, toda deforme, como pago a su perversión, ahora el destino vuelve a reírse.
         Basada en una novela, ya clásica, de William Lindsay Gresham (1), la trama tuvo que pasar por muchos ajustes para llegar a la pantalla: Molly era abusada sexualmente por su padre y la novia que el millonario lloraba había muerto luego de practicarse un aborto, como un par de ejemplos en los cambios, además de que Stan terminaba como el fenómeno inicialmente despreciado. Un buen guionista (Jules Furthman, colaborador de Howard Hawks y Josef Von Sternberg, entre muchos otros) logró superarlo. La fotografía, excelente, en blanco y negro, de Lee Garmes, permite la atmósfera adecuada al ambiente siniestro y mal intencionado. No obstante, lo mejor es su director y su reparto.
Edmund Goulding
(1891 - 1959)
         Edmund Goulding, británico, director desde el cine silente, fue maestro del melodrama: Amor que peca (The Trespasser, 1929), Cenizas del ayer (That Certain Woman, 1937), Amarga victoria (Dark Victory, 1939), La gran mentira (The Great Lie, 1941) o El filo de la navaja (The razor’s Edge, 1946) son algunos de los títulos más famosos y populares del realizador. El callejón de las almas perdidas lo acercó al género negro con su toque de melodrama. La cualidad mayor de Goulding era que sabía filmar, su dominio visual era tal que intuía perfectamente cuál sería una toma efectiva, al grado de que al unir los fragmentos alcanzaba un ritmo impecable, sin baches, por lo que el público no tenía tiempo para perder la atención por el equilibrado manejo de los elementos básicos de sus escenas. Gran ejemplo es la primera toma donde aparece Zena inmóvil, como estatua, como figura base y símbolo para que se cumpla el destino: luego de unos segundos, se mueve.  En su biografía (2), se hace notar cómo era cuidadoso para mostrar las entradas y salidas de sus personajes dejando clara su dirección para cerrar secuencias (no aparecían ni desaparecían imprevistamente de los encuadres).
         El elenco designado para esta película es perfecto: Tyrone Power era la estrella principal y había exigido que Goulding fuera el director (acababan de trabajar juntos en El filo de la navaja). Aparte de su excelente presencia, Power era muy buen actor y como Stan nos lleva hacia su éxito y declinación de manera convincente.  Joan Blondell siempre fue actriz característica, aunque en ocasiones llevó algunos estelares, casi siempre en comedias. Su época de mayor actividad fílmica ocurrió durante los años treinta Bajo contrato con la Warner Bros. Tanto Colleen Gray como Helen Walker fueron actrices de reparto: la primera como bella ingenua y la segunda, gracias a sus rasgos afilados, más adecuada como villana.
         El callejón de las almas perdidas es otro de los casos insólitos del Hollywood de los años cuarenta. La mezcla de perversión y espiritualidad también le ofrecen un nicho especial dentro del Film Noir o género negro. Pertenece a las grandes producciones de Fox, bajo el mando de Darryl F. Zanuck, gracias al cual se pudieron tratar tópicos como la discriminación racial, el antisemitismo, la posibilidad del romance interracial, la locura o integrar el estilo semidocumental al género criminal.

Notas:

(1)             Lindsay Gresham, William, El callejón de las almas perdidas, Sajalín Editores, 2011.

(2)            Kennedy, Matthew, Edmund Goulding’s Dark Victory, The University of Wisconsin Press, 2004.

(3)            Hay una copia muy buena en YouTube pero sin subtítulos en castellano.