domingo, 31 de marzo de 2019

UN INGRATO VIENTO...


UNA TRAGEDIA MEXICANA
por Roberto Villarreal Sepúlveda.


         Vino el remolino y nos alevantó es una película que Juan Bustillo Oro filmó en 1949, utilizando para el título, una frase de la vieja canción “La cautela”:

Hicimos de cuenta que fuimos basura
llegó un remolino y nos alevantó
y al mismo tiempo de andar en la altura
un ingrato viento nos desapartó.

Cuenta Bustillo Oro en su autobiografía que traía el asunto en su cabeza desde los tiempos de El compadre Mendoza (De Fuentes, 1933) cuando fungió como guionista adaptando una novela corta de Mauricio Magdaleno. El acercamiento literario y fílmico hacia la Revolución Mexicana era usualmente desde el escenario del campo y el punto de vista de los guerreros en batalla. En este caso, el director quería mostrar los efectos del conflicto social entre las familias de la urbe, de la capital: era lo que había vivido y lo que faltaba en la representación fílmica. Desde aquellos tiempos de su colaboración con Magdaleno quedó obsesionado con el tema. Quería que el escritor fuera el creador de este argumento pero a Magdaleno no le interesó, aparte que con el paso de los años, Bustillo no tuvo apoyo ni aprobación por parte de sus productores: ni a Jesús Grovas ni a Mauricio Walerstein les interesó aportar para esta producción.


         En 1949 finalmente, ya asociado con Gonzalo Elvira quien lo admiraba, apoyado por Fernando de Fuentes Jr. con su Dyana Films, logró llevar a cabo su sueño tantos años suspendido. Sin embargo, con toda esta ventaja hubo limitaciones económicas. Al crecer exageradamente la producción nacional (1949 fue un año prodigioso, del cual hablaremos en algún momento), la mayoría de los actores de renombre se encontraban ocupados. Igualmente, tuvo que filmar en los Estudios Tepeyac, alejados geográficamente de los otros en activo, por lo que el traslado de elementos escenográficos sería costoso. Tuvo la suerte de contar con la generosidad de los hermanos Rodríguez que le prestaron los sets que tenían construidos en dichos estudios y que se adaptaban perfectamente para su película que vino a ser, ya con el tiempo, una de las mejores y más grandes de su año de filmación. Un comentario agridulce, con muchas implicaciones sugeridas, de lo que fue el conflicto revolucionario para la familia urbana. 

La nueva imprenta que será
el inicio de todos los males
Los tres hijos, la nuera,
ante las tribulaciones del padre 
conservador

         Vino el remolino y nos alevantó narra la historia de una familia trabajadora, clase media, en los albores de la Revolución. El padre (Miguel Ángel Ferriz), impresor y feliz de haber recibido una nueva máquina para su negocio, alaba al gobierno porfirista. Sus tres hijos varones (Tony Díaz, Luis Beristáin, Armando Sáenz) son rebeldes y creen en la renovación maderista por lo que juntan armas e imprimen volantes subversivos en la imprenta del padre sin que éste lo sepa, pero por lo que cae en la cárcel. Surge el enfrentamiento entre facciones: el hijo mayor y su esposa (Beatriz Aguirre) mueren dejando en la orfandad a un niño. Los otros dos huyen. El niño va a refugiarse a la casa del abuelo con su joven tía (Carmen Molina) y con la abuela (Lupe Inclán) quien muere de la impresión. A la joven la apoya un abogado alcoholizado (Manuel Arvide) quien la torna su amante. Cuando el niño enferma de tifo lo interna en un hospital. El padre, encarcelado, se niega a verla cuando se entera que vive en unión libre con un hombre. El niño escapa del hospital mientras que el abogado muere por un ataque de delirium tremens, dejando a la joven a la deriva, sin su sobrino.

El padre en la cárcel, antes
de rechazar a su hija

         Hasta aquí la trama ha separado los destinos de los miembros de la familia sobre todo por factores externos: la lucha social que va más allá de su control. El cambio de la alegría y esperanza de un futuro promisorio hacia el enfrentamiento que propiciará cárcel y muerte, además de la desunión familiar, que altera su realidad, produce el desorden sobre lo cotidiano y llevará a situaciones extraordinarias. Son los actos de los personajes los que les llevan a un estado de tristeza, de angustia o desesperación. Estamos ante una familia cuyos miembros tienen fines distintos para sus realidades: a los hijos no les quedará más que muerte o fuga. Al padre, víctima indirecta de sus hijos, el deshonor y la cárcel, sin que jamás fueran sus objetivos.

Los hermanos se reencuentran
en bandos contrarios

         Pasan unos años: el padre ha salido de la cárcel y trabaja en una imprenta. Cierto día, con salario en mano, sufre su robo por un ladronzuelo: sin imaginarlo, es su propio nieto al cual se le reconoce por una medalla que se le dio de niño. Ya separados, los hijos sobrevivientes se han integrado a la milicia: uno de ellos es villista, el otro pertenece a las filas de Obregón. Al encontrarse en cierta ocasión como bandos opuestos, este último reconoce a su hermano como prisionero al cual le ordenan fusilar pero decide ayudarle a escapar. Por esta acción, el obregonista muere. El padre, al entusiasmarse por la entrada del ejército triunfador a la Cd. de México, muere de un ataque al corazón. El triunfo carrancista permite la alianza entre obregonistas y villistas por lo que este último forma amistad con un general que le apoya. Al liberar a unos presos, entre éstos se encuentra un joven que es su sobrino, irreconocible. Al ir a festejar a un burdel, el general (Gilberto González) se emociona con una de las pupilas que resulta ser la hermana del joven villista. Al intentar liberarla, sin explicar nada, uno de los subordinados (Ramón Gay) del general dispara contra el joven por lo que muere. La mujer grita que era su hermano. El general decide, entonces, sacar a esta mujer de la mala vida. Pasan los años, se llega al día en que se inaugura el Monumento a la Revolución. El general se encuentra entre los asistentes acompañado de su mujer, la joven exprostituta, con dos hijos. Entre la multitud se encuentra un hombre que besa su medalla.

El hermano reencuentra a su
hermana en un burdel
El militar es muerto por defender
a su hermana sin que nadie supiera
el parentesco

         En esta continuación y término de la película, el destino reúne a algunos de los miembros de la familia aunque con consecuencias fatales: los hermanos se protegen pero uno muere; el nieto pasa de lado a su abuelo y lo perjudica al robarle pero jamás sabrán uno del otro su parentesco; la misma fatalidad sucederá al reencontrarse hermano con hermana. La mayor ironía resulta en que el culpable indirecto de esta muerte será quien rescate a la joven de su deshonra para que, años más tarde, ya como familia respetable, celebren ante el Monumento de la Revolución sin que nunca se enteren que cercano a ellos se encuentre el sobrino, ya adulto, víctima también del torbellino social.

La nueva familia revolucionaria:
un ex militar asesino, una ex prostituta

         Una verdadera tragedia mexicana. El sufrimiento resulta de los propios errores de juicio y comportamiento: se experimentan las consecuencias de las pasiones (los hermanos anarquistas que producen, sin quererlo, la caída del padre y la muerte de la madre; los hermanos fieles que morirán por reaccionar de una manera equivocada). Si se sigue el enunciado aristotélico, la película produce piedad ante los resultados de un conflicto, además de permitir la catarsis en el espectador debido a la exteriorización de las emociones: aunque vemos crímenes, la cinta no se regodea más que en la tristeza de la separación y deja en claro que nunca podrá volverse al estado inicial. En corto: es la lucha contra un destino inexorable, jamás imaginado, provocado por los individuos y la situación social.

La evolución del nieto perdido
quien jamás reencontrará a su familia

         La voz que narra expresa al inicio de la cinta, donde se muestra el momento de la apertura oficial del Monumento a la Revolución (para luego irse a los años pasados) que el monumento dedicado a la revolución está consagrado a sus muertos y sus ideales. Algo que costó mucha sangre arrancada al corazón de los mexicanos, pero dando un cierre redentor enfatiza al final que la sangre de los muertos no corrió en vano, ni que su martirio quedó impune, por lo que México abre otra página gloriosa de su historia. Este mensaje patriotero se nota oportunista dentro de lo que constituía la industria fílmica nacional al quedar bien políticamente, aunque la trama negaba perfectamente dicho discurso: la sangre derramada trajo consecuencias de libertad y democracia pero los lazos familiares, en muchos casos, fueron violentados y destruidos.


         Juan Bustillo Oro (1904 – 1989) cumple cabalmente con la teoría de autor dentro del cine mexicano, al ser guionista y realizador, dueño de sus proyectos: creador completo, necio y obsesivo. Tuvo la suerte de contar con productores que apoyaron su inventiva: una imaginación que daba lugar a tramas cultas, con lenguaje verborreico, pero con gran sentido de lo popular y taquillero. Su selección adecuada de repartos que podían transmitir su discurso permitieron que la posteridad tuviera la alternativa de conocer la esencia del mejor Cantinflas (Ahí está el detalle) y preservar el genio y comicidad de actores como Enrique Herrera y Leopoldo Ortín (Caballo a caballo). Su variedad temática dio lugar al mejor cine de “nostalgia porfiriana” como se le bautizó a varias de sus cintas (En tiempos de don Porfirio, México de mis recuerdos); ejemplos de cine negro y psicológico (El medallón del crimen, El hombre sin rostro); la gran incursión expresionista del cine mexicano (Dos monjes); el cine de horror (El misterio del rostro pálido) y el cine familiar (Cuando los hijos se van), como pocos ejemplos de una brillante, excitante y exitosa carrera que produjo, como realizador, 58 títulos entre 1934 y 1965.

Nota: la baja calidad de las fotografías se debe a una mala copia de la película, de la cual fueron captadas.


lunes, 4 de febrero de 2019

NO HAY BUÑUEL MALO


UNA MUJER SIN AMOR 
1951. Dir. Luis Buñuel. 


La lectura de un artículo del brillante crítico Jonathan Rosenbaum en la revista canadiense de cine  Cinema Scope (edición digital, invierno 2019), donde revisa diversos DVD y Blu-ray que aparecen en el mundo, llamó mi atención porque se refería a Una mujer sin amor (Luis Buñuel, 1951) editada por la compañía norteamericana Facets y de la cual tenía un ejemplar que, por diversas circunstancias, se encontraba nítido y virgen en mi videoteca, en espera de mi atención. 


Es común que películas que ya conocemos pero que adquirimos por el afán de coleccionismo (así como la obsesiva e imperiosa necesidad de poseerlas mientras estemos vivos) permanezcan haciendo fila para ser revisadas o descubiertas, a veces por años, entre nuestros tesoros personales. De repente, algún factor externo: un artículo o comentario de alguien que admiramos, la muerte de algún director desaparecido o el aniversario de nacimiento o fallecimiento de una estrella, nos alertan sobre esa película en particular. Eso me sucedió con la menospreciada película de Buñuel. 

Afirma Rosenbaum (traduzco sin rigor, de manera general): “Una mujer sin amor” me permitió ponerme al día con la producción mexicana que la mayoría de los comentaristas, incluyendo a Buñuel, parecen considerar su peor película. Lo que esto significa, al menos desde el punto de vista de la teoría de autor, que resulta ser la menos “buñueliana” de Buñuel. Sin embargo, en cuanto a que sea un brillante y abundante melodrama, (lo que puede calificar como Buñuel en su fase más  mexicana) resulta suficientemente funcional y práctico, por lo que mantuvo mi interés… Luego continua con la eterna discusión de que si fue una adaptación de Pierre y Jean de Guy de Mauppasant, o acaso una copia, plano por plano, de la producción dirigida en Francia por André Cayatte en 1943, acorde con diversas declaraciones del propio Buñuel.  

Esta edición de Taurus, 2018, trae un prólogo
corto pero interesante de David Trueba
y es la única conseguible por el momento.
(Hay otra en De bolsillo, me parece).

Por lo tanto, al revisar Mi último suspiro*, las memorias que Buñuel escribió junto con su colaborador frecuente en su última etapa de vida, el guionista Jean Claude Carriére, el cineasta comenta: “Una mujer sin amor”, sin duda mi peor película. Se me pidió que hiciera un “remake” de una buena película que André Cayatte había realizado en Francia sobre “Pierre y Jean” de Mauppasant. Se trataba de instalarme una moviola en el plató para que yo copiase a Cayatte plano por plano. Naturalmente, me negué y decidí rodar a mi manera. Resultado: mediocre. 

Sin embargo, en Luis Buñuel. Prohibido asomarse al interior**, libro de entrevistas que le hicieran los críticos Tomás Pérez Turrent y José de la Colina al ya veterano realizador, donde éste habló de su producción fílmica total, confirma, pero también confiesa y se contradice (porque no es una versión apegada a la cinta francesa como había expresado en el otro libro mencionado): Es la peor de las que he hecho. Se basaba en “Pierre y Jean”  de Mauppasant que Cayatte ya había filmado muy bien. Yo tuve que filmarla en veinte días y con menos medios […] En realidad seguimos casi plano por plano la película de Cayatte, que era una guía mínima para trabajar en el estudio. había que filmar rápido, así que evité los cortes lo más que pude y esto me facilitó el montaje… 


No hay la menor duda de que fue un proyecto alimenticio, como otros que realizaría durante su estancia mexicana, a pesar de premios, reconocimientos o logros pasados. En una carta que le envía a su amigo José Rubia Barcia, el 23 de abril de 1951, recopilada en Luis Buñuel: Correspondencia escogida***,  le comenta que Los olvidados ha ganado el premio de dirección en Cannes, pero que aparte de eso, sigo haciendo tonterías cinematográficas, como la que comienzo dentro de un par de horas, basada en una novela de Guy de Mauppasant. Pero lo principal es que no falta trabajo… y va uno tirando y empleando el trabajo como un anestésico para olvidar el mundo repugnante en que vivimos… 


Don Carlos (Julio Villarreal) y Carlitos (Jaime Calpe)

Como expresa Rosenbaum, es un brillante y abundante melodrama porque está muy bien hecho, además de seguir las convenciones del género nacional por excelencia, sobre todo en uno de los años de mayor apogeo para Buñuel (en 1951 filmó además de esta película, La hija del engaño y Subida al cielo). Y es que Una mujer sin amor narra las consecuencias de un matrimonio que se lleva a cabo por presiones familiares donde no existe aprecio ni afecto por parte de la mujer hacia el marido. Cuando aparece un hombre que se los brinda, cae en sus redes y deberá, por lo tanto, sufrir las consecuencias de una separación y vivir con el engaño.

Rosario (Rosario Granados) y Julio (Tito Junco)
mantienen un amor prohibido

Rosario (Rosario Granados) se ha casado con el anticuario Carlos (Julio Villarreal), mucho mayor que ella, con el cual ha procreado a Carlitos (Jaime Calpe). Debido a la severidad del padre, Carlitos huye de casa y llega al campo donde lo encuentra, protege y devuelve a sus padres, el ingeniero Julio (Tito Junco). Rosario y Julio se vuelven amantes. Julio le propone que escapen a Brasil pero Rosario, por el bien de Carlitos, lo rechaza. Julio se va y pasa el tiempo. Ahora Carlitos (Joaquín Cordero) ha crecido junto con su hermano Miguel (Xavier Loya) que en realidad es fruto del amorío de Rosario con Julio, pero al cual ha hecho pasar como hijo de Carlos. Ambos son médicos y comparten su amor por Luisa (Elda Peralta), una de sus compañeras, pero ella prefiere a Miguel. Cuando Julio muere, deja toda su fortuna a Miguel, lo que levanta sospechas en Carlos. Empieza a cuestionar y a presionar a su madre, sobre todo cuando muere su padre. Rosario confiesa todo. Carlos al final le otorga su perdón pero decide irse fuera de México. 
La familia feliz con Carlos (Joaquín Cordero) y Miguel (Xavier Loyá),
ambos enamorados de la misma joven (Elda Peralta)

La novela de Mauppasant no sigue exactamente la narrativa de la película, por lo que será correcto indicar que es una película inspirada en una novela donde el padre no ha muerto y los hijos ya son mayores, como algunas diferencias. La envidia de Pedro (Carlos en la película) hacia Juan (Miguel) será la base de la trama y los intentos del primero por descubrir la verdad del otro. Con todo, la novela tiene todos los elementos que alimentarán al melodrama, añadiendo un prólogo para ilustrar el acercamiento que Rosario tiene con Julio en el cual desborda la pasión jamás sentida (y es de imaginarse nunca correspondida) por parte de su marido.

La lectura del inesperado testamento
Miguel reacciona ante su herencia
Una enfermera (Eva Calvo) siembra la duda
en Carlos a quien ama sin ser correspondida

Se cumplen los elementos del melodrama: la mentira sirve como base para que permanezca la relación humana y la ignorancia de uno de los cónyuges permitirá la continuidad de la estabilidad familiar. Luego, deberá cumplirse el destino implacable que servirá para el descubrimiento de la verdad, además de la muerte del padre para incrementar el sentimiento de culpa. Lo que era naturalismo en la novela, se convierte en vergüenza y soledad en la película. El personaje de la madre que Buñuel había transformado en Los olvidados (mujer que tenía hijos porque se metía con diversos hombres sin remordimiento) ahora debe pagar su momento de debilidad como, por dar un único ejemplo entre otros existentes, la madre de Elena en Aventurera (Gout, 1949).

El reproche de Carlos
La muerte del padre durante
la boda de Miguel

Hay que destacar que la adaptación fílmica fue de Jaime Salvador, quien destacaría por ser uno de los peores directores en la historia del cine nacional, además de guionista en varias películas de Cantinflas, pero cuenta con diálogos adicionales por Rodolfo Usigli del cual luego, Buñuel filmaría una lectura personal de su única novela Ensayo de un crimen. Sin embargo, contra trama convencional existe una buena factura. La película tiene cuidadosa recreación de época gracias a la escenografía de Gunther Gerszo, además que el fotógrafo Raúl Martínez Solares pertenece al conjunto de cinematografistas distinguidos de esos tiempos. Y el elenco cumple decorosamente. Todos los nombres mencionados en la sinopsis fueron actores solventes. Julio Villarreal, pionero del cine nacional, es uno de los grandes actores en nuestra historia cuya cumbre sería el padre avaro en Eugenia Grandet (Emilio Gómez Muriel, 1952).

El perdón a la madre
El perdón entre hermanos

No hay Buñuel malo por más que se empecinara el cineasta en expresarlo. En todo caso Una mujer sin amor será un Buñuel menor porque, si se compara con otros títulos, no quedaría en el último lugar. Menos cuidada y más pobre en producción es La hija del engaño, y mucho más melodramática y excesiva es El río y la muerte. Si no fuera por su elenco seductor Los ambiciosos resultaría mucho menor y soportable que La muerte en este jardín. El propio Buñuel dijo que hizo malas películas pero ninguna moralmente incorrecta. Hay que sumergirse en Una mujer sin amor para darle su justo lugar como melodrama correcto y brillante dentro de la historia del cine mexicano. En eso estamos de acuerdo con el crítico Rosenbaum (otro de los últimos grandes de la crítica de cine culta e informada de los tiempos dorados en Estados Unidos).

Rosario mira la fotografía de Julio,
su gran amor...

*Buñuel, Luis y Jean Claude Carriére, MI ÚLTIMO SUSPIRO, Plaza y Janés, 1982, 1ª. edición.

**De la Colina y Tomás Pérez Turrent, LUIS BUÑUEL, PROHIBIDO ASOMARSE AL INTERIOR, Joaquín Mortiz, 1986, 1ª. edición.

***Evans, Jo y Breixo Viejo (eds.) LUIS BUÑUEL, CORRESPONDENCIA ESCOGIDA, Cátedra, 2018, 1ª. edición.

martes, 1 de enero de 2019

ANIVERSARIOS MEXICANOS (6)




1979: entre privado y estatal…




         Hace 41 años, en la mitad del sexenio lopezportillista, Margarita, la marrana pésima musa, hermana del presidente, encargada de cine y otros medios, creó todo un barullo culpando a varios funcionarios de cinematografía, metiéndolos a la cárcel por supuestos fraudes, para que nunca se comprobaran pero que hicieron que el cine nacional empezara a irse al traste. Para 1979, la producción estaba muy dividida entre la empresa privada y el soporte estatal. Fueron más de cien películas con muchas irregularidades, algunas sorpresas, varios delirios, e infinidad de torpezas.

         Dentro del cine estatal, con cierta intención expresiva se puede contar con Arturo Ripstein (La tía Alejandra y La seducción), Marcela Fernández Violante (Misterio), Alberto Bojórquez (Retrato de una mujer casada), Alfredo Gurrola (Llámenme Mike), Francisco Guerrero (Valentín Lazaña, el ratero de los pobres), Sergio Olhovich (El infierno de todos tan temido), Miguel Littín (La viuda de Montiel) y, sobre todo, Jaime Humberto Hermosillo con María de mi corazón, basada en un estrujante guion de Gabriel García Márquez y cuya exhibición tuvo muchos tropiezos .
La mejor película mexicana
de 1979, junto con "María
de mi corazón"


         El cine de producción privada tuvo casos insólitos como Naná, dirigida por Rafael Baledón y producida por Irma Serrano. Una excelente película dirigida por Gilberto Gazcón fue Perro callejero donde Valentín Trujillo tenía que enfrentar su triste destino como el animal del título. Guillermo Murray quiso dignificar a Tere Velázquez como gran actriz en la fallida Para usted jefa. El famoso luchador Santo ya se encontraba en las postrimerías de su carrera fílmica y en este año filmó solamente una película Santo en la frontera del terror bajo la dirección de Rafael Pérez Grovas.


         En 1976, el versátil productor de caravanas artísticas José Isabel Valdivia, conocido como Arnulfo “Gordo” Delgado, había comenzado la producción de cintas en la frontera de Texas con técnicos del STIC en un formato que se saltaba las reglas sindicales por lo que se les llamo “películas piratas”. Llegarían a filmarse bajo el sello de Producciones del Rey más de una veintena de películas. Solamente en 1979 fueron diez títulos:
Semana Santa en Acapulco – Luis Alcoriza


El Noa Noa – Gonzalo Martínez
Contacto chicano – Federico Curiel

Las pobres ilegales – Alberto Mariscal
San Miguel el Alto – Alberto Mariscal


La india blanca – Alberto Mariscal
Las tres tumbas – Alberto Mariscal
El charro del misterio – José J. Munguía
Mojado de nacimiento – Ícaro Cisneros

 Sin fortuna – Narciso Busquets
Las temáticas eran netamente populacheras, utilizando a cantantes de moda: Juan Gabriel (quien tenía contrato exclusivo con este productor) o Yolanda del Río (fea pero excelente cantante vernácula), además de Federico Villa y Gerardo Reyes quien fuera además autor e intérprete de la película con la cual debutó y se despidió de la dirección fílmica el actor Narciso Busquets. Alberto Mariscal, ya resignado a filmar estas cintas con bajos presupuestos fue prolífico en este año. Luis Alcoriza pudo, al menos, filmar otro de sus interesantes guiones aunque estuvo limitado por presupuestos y un elenco irregular para tratar de emular a su “Mecánica nacional” (1971) sin la frescura de la crítica social para caer en las tribulaciones de vacacionistas desafortunados. Como puede notarse, la temática de frontera e ilegales era obligatoria, ya que reflejaba un problema nacional, ahora más fuerte que nunca.

         Por otro lado, Televicine, la filial fílmica de la empresa Televisa incrementó su producción. En ocasiones hizo coproducciones con España donde tenía otros negocios y de ahí surgieron Sor Metiche con María Victoria dirigida por Mariano Ozores y En mil pedazos con Hugo Stiglitz dirigida por Carlos Puerto. Lo importante para la empresa era el lucimiento de sus estrellas resguardando siempre el recato moral para posteriormente poder exhibirlas en televisión y de esta manera surgieron La ilegal (Arturo Ripstein) con Lucía Méndez; Albur de amor (Alfredo Gurrola) y Persecución y muerte de Benjamín Argumedo (Mario Hernández) en coproducción y actuación de Antonio Aguilar; Noche de juerga (Miguel M. Delgado) con Juan Ferrara y Helena Rojo, nueva versión de “Sábado negro” que el mismo director había filmado con Jorge Martínez de Hoyos y Malú Gatica en 1958; El mismo Delgado realizó Los reyes del palenque con Lucha Villa y Humberto Cabañas, cantante ranchero que finalmente no trascendió en el gusto del público; el veterano Mauricio de la Serna filmó Nora la rebelde con la entonces supervedette Olga Breeskin.


         Alfredo Gurrola fue prolífico: además de las mencionadas, filmó las versiones fílmicas de los primeros dos libros sobre el personaje Héctor Belascoarán Shayne creado por Paco Ignacio Taibo II y de esta manera revivir y complementar la escasa literatura negra mexicana existente hasta ese momento (Cosa fácil y Días de combate). Raúl Araiza, quien había filmado una excelente sátira de los intereses matrimoniales y los chantajes familiares “En la trampa” (1978), ahora filmó Fuego en el mar sobre un trabajador de Pemex que temía sobre la infidelidad de su mujer a niveles enfermizos. Bien filmada pero con excesos melodramáticos como cualquier telenovela de las cuales Araiza era estrella indiscutible como realizador.

         Los veteranos realizadores Alejandro Galindo (Dimas de León) e Ismael Rodríguez (El secuestro de los cien millones) filmaron cintas sin mayores consecuencias mostrando la decadencia en que habían caído. Rogelio A. González, por su parte, tuvo a bien realizar una de las buenas cintas con Vicente Fernández (El tahur) que resume muchas de las convenciones argumentales del género (amores imposibles, hacendado que se casa con la mujer que anhela un peón, retorno del peón ya enriquecido, muertes trágicas), además de la divertida adaptación de seis obras cortas de Emilio Carballido con reparto multiestelar en Distrito Federal. Gilberto Martínez Solares dirigió a la India María (Okey, Míster Pancho). Rafael Portillo filmó la segunda secuela de “Contrabando y traición” (1975) bajo el título de Emilio Varela vs. Camelia la texana. 

         Por su parte, tanto Alfredo B. Crevenna como Jaime Fernández filmaron cuatro películas cada uno. Arturo Martínez realizó A qué le tiras cuando sueñas mexicano. Rubén Galindo lanzó al cantante infantil Pedrito Fernández en La niña de la mochila azul y en El oreja rajada para que luego Tito Davison lo dirigiera en Amigo como homenaje tardío a la exitosa visita de Juan Pablo II a México, con la canción que le compusiera Roberto Carlos.


         Muchas películas con bajos presupuestos, limitaciones y torpezas técnicas, pero que presentan destellos, momentos, presencias, en un cine nacional que se encontraba en un bache pero que no dejaba, por lo menos y por suerte, de filmar.