jueves, 13 de abril de 2017

A 60 AÑOS DE SU MUERTE...


Advertencia: este artículo lo escribí hace veinte años. Apareció en la sección cultural del periódico El Norte, el 13 de abril de 1997 en conmemoración del 40° aniversario de la muerte del ídolo inmortal. Lo recupero como ejercicio de nostalgia ya que sigue estando tan vigente como entonces.





¿BUEN ACTOR O MALO? ¡A QUIÉN LE IMPORTA!





         Al final de Nosotros los pobres, La Guayaba dice: ¡Caray!, lo que es la vida. Ayer está uno vivo y ¡zaz!, hoy estira uno la pata. Eso pudo expresarse hace 40 años cuando Pedro Infante abordó el avión que poco tiempo después se estrellaría para despojar al cinéfilo mexicano de una de sus personalidades más admiradas e inmediatamente convertirlo en leyenda. Si en algo coinciden todos los que lo conocieron es que era un hombre humilde, sin falsas poses, bonachón, mujeriego y carismático. Si hacemos memoria, tal vez Sara García, Fernando Soler y Joaquín Pardavé fueron quienes más se acercaron a su aceptación total con la simple presencia en pantalla. La divergencia ocurre con su calidad como cantante (hay quienes dicen que su voz no tenía potencia suficiente) y como actor.





         Cuando uno ve sus películas, Pedro Infante atrapa al espectador por su simpatía sin crear conciencia de su capacidad histriónica. De hecho, uno espera y está seguro de verlo cantar, sufrir las peores condiciones trágicas o divertirse de lo lindo junto con las mujeres más hermosas del cine de su tiempo. No obstante, Pedro Infante estuvo siete veces nominado al premio Ariel que otorga la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas y, de manera póstuma, ganó el Oso de Oro a la mejor actuación masculina en el Festival de Berlín de 1957.





Los Arieles se entregaban considerando a las películas que habían sido exhibidas durante el año anterior, por lo que los estrenos tardíos hacían que no hubiera una coincidencia cronológica. Por eso, Pedro Infante fue nominado en 1948 por Cuando lloran los valientes filmada en 1945; en 1949 por Los tres huastecos (1948); en 1950 por La oveja negra (1949); en 1953 por Un rincón cerca del cielo (1952); en 1954 por Pepe el Toro (1952); en 1955, cuando finalmente lo ganó por La vida no vale nada (1954); y en 1958 por Tizoc (1956), misma película que le valió la presea berlinesa.





Debe considerarse que Pedro alternó con otros nominados del prestigio de Pedro Armendáriz, Arturo de Córdova y Julio Villarreal, y cuando obtuvo su Ariel, venció a Ernesto Alonso por Ensayo de un crimen y David Silva por Espaldas mojadas. Los premios siempre han sido relativos y de acuerdo con las personas que conforman un jurado pero tantas ocasiones no pudieron ser gratuitas. La vida no vale nada fue dirigida por Rogelio A. González sobre un guion de Luis y Janet Alcoriza basado en dos cuentos del escritor ruso Máximo Gorki. Nos cuenta cómo un hombre inestable, debido a una irregular vida familiar, conoce a tres mujeres que podían ser su felicidad pero a las cuales rechaza porque su destino, según él, ya estaba trazado: como la vida no vale nada ¿para qué buscar amor, familia o dinero? Por eso, cuando Magda Guzmán, una prostituta apoyada por el hombre, por lástima, le ofrece ser su mujer y darle una familia, Pedro le responde Idiota, ¿crees que no he tenido eso y más? Si fuera como los otros, desde cuando estaría amarrado.





Pedro tuvo la fortuna de conseguir un buen director con un argumento de calidad. La película es un melodrama con comentarios sociales acerca de la miseria humana, no solamente material sino moral. Pedro brinda una perfecta interpretación. Contenido como nunca, aún en las escenas más posibles para sobreactuarse, al emborracharse y cantar en las cantinas, se aleja de las exageraciones en que lo hundió Ismael Rodríguez (la muerte del Torito en Ustedes los ricos o los sometimientos del hijo en La oveja negra, como dos claros ejemplos).





Tizoc, dirigida por Rodríguez, en otro sentido, es una clara demostración que la apreciación cinematográfica es diferente en otros países. Tal vez deslumbrados por los paisajes exóticos de Oaxaca y el salvajismo de los indígenas mexicanos, el jurado alemán consideró a Pedro como gran actor cuando en realidad, comparativamente con sus otras cintas, ofrece su peor actuación. Si Ismael Rodríguez fue un audaz e imaginativo director que tenía gran sentido del entretenimiento, en realidad no era buen conductor de actores. Pedro, como el indio enamorado de la mujer blanca (María Félix, nada menos), es obligado a jugar con su manera de hablar cayendo en el mayor ridículo, además de desbordarse en todas sus reacciones.





Podemos concluir que Pedro era tan buen actor como lo permitieran quienes lo dirigían. Era excelente cómico (El gavilán pollero o El inocente) o trágico (Un rincón cerca del cielo y Ahora soy rico). Tal vez estaba en el camino de consolidación como galán maduro o actor versátil pero el destino se interpuso y prefirió dejarlo en nuestro recuerdo con ese grupo irregular de películas en donde lo que menos importa es si fue bueno o malo como actor.




        


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